miércoles, 23 de mayo de 2012

El Papa es malo y otras consideraciones epistemológicas.

Hace bastante tiempo discutí con una persona sobre el problema de la divulgación de la ciencia entre la mayoría. Su postura era que, sumada a la poca voluntad de la gente, existía una cierta indiferencia desde la comunidad científica por hacer llegar su conocimiento al pueblo. Yo hacía hincapié, sobre todo, en la primera de las causas. Ahora mi postura es intermedia: aún tengo en consideración que la deficiencia mental de las masas es una causa inesquivable de la ignorancia científica de las mismas, pero la comunidad de sabios tampoco ha sido un ejemplo de sentido común. Esta entrada inicia una serie de textos que publicaré de cuando en cuando con el fin de que, los que no lo hayáis hecho ya, os concienciéis de la importancia de la ciencia más allá de su papel para conocer la naturaleza. Puede parecer aburrido si eres de letras, pero dame un voto de confianza y verás que hay más de una reflexión interesante en el asunto.

El de las dos culturas es un tópico creado a mediados del siglo pasado y que clasifica a todos los filósofos en dos grandes campos: el de las letras y el de las ciencias. La aparición de esta idea fue inevitable, una consecuencia necesaria de la Revolución Científica del siglo XVIII que separó el estudio científico de la filosofía mainstream a través de un método propio que pareció (parece) dar más resultado que milenios de especulación llena de paja. Estamos hablando de la época de Newton, Galileo, Linneo, Lavoisier y otros grandes pesos pesados de la ciencia. Si no conoces quién es alguno de esos, deberías sentirte igual de mal que si no sabes quién fue Hume o Séneca. En cien años la humanidad dominó fuerzas creadoras de una potencia inimaginable. Si ahora estás leyendo esto en tu ordenador, es por la Revolución Científica del S. XVIII.

(Léase con acento británico): "soy la polla y lo sé con certeza empírica. Charles, sírveme el té".

El tópico de las dos culturas, más que describir objetivamente un hecho, parece definir una lucha sin cuartel entre intelectuales de ambos campos del saber. Todos hemos oído sobre la voluntad de trabajo de los estudiantes de magisterio y sobre el sex-appeal de los de ciencias puras. No voy a hacer un esfuerzo argumentativo para demostrar que la colaboración debería dominar por encima de la confrontación en este asunto, ya que si esto no te resulta evidente, entonces deberías regresar a cosas más básicas.

Una vez conocí a alguien que me dijo algo muy cierto: las letras son más accesibles que las ciencias. Esto, creo yo, es así porque las letras nos son más cercanas. Tienen una utilidad práctica inmediata: la conducción de nuestras vidas. No puedes asignarle a la ciencia una tarea como ésa, porque no entra dentro de su campo de conocimiento. La literatura, el derecho, la moral... nos tocan de cerca porque apelan a lugares comunes de toda la humanidad. Las humanidades (humanidad, humanidades...) tratan asuntos que por necesidad han de interesarte porque influyen en tu vida de manera constante: el ser humano vivió siglos sin un método eficaz para estudiar la naturaleza, pero tardó relativamente poco en ponerse a pensar sobre el bien y el mal y a hacer pintadas en las cuevas.

Pero la accesibilidad se confunde con la facilidad. Las ciencias pueden ser fáciles si uno es constante, pero son muy inaccesibles para alguien desconectado del mundo científico. El que tiene vocación científica se engancha al tren cuando está en la secundaria. Más adelante ya es difícil hacerlo, porque los conceptos manejados dependen tanto de la base de conocimientos a priori que resulta una tarea titánica, por ejemplo, comprender la física cuántica si no se conoce lo básico de los tres siglos anteriores de estudios físicos. Diré esto en voz alta, y sólo una vez: las letras no son más fáciles que las ciencias. Si no estás de acuerdo con esto, entonces probablemente no hayas intentado entender a Kant. Es más, probablemente no te hayas tomado las letras como un objeto de conocimiento serio jamás, lo que te convierte en un vago ignorante: eso de lo que acusas a los estudiantes de magisterio. Ahora es cuando te das cuenta de que lo de la deficiencia mental de las masas era broma (¡jaja!).

Immanuel Kant, precursor de la foto Tuenti dos siglos y medio antes de la invención de Internet. Le falta el baño de fondo y la mano sosteniendo el móvil.

Digo todo esto con un noble (y trillado) fin: poner en explícito que ambas disciplinas son necesarias y complementarias para la realización intelectual. Vista muy resumidamente la importancia de las humanidades, veamos lo que ocurre con las ciencias, que es de lo que va esta entrada.

De la misma manera que la importancia de las letras es evidente a poco que uno piense en ellas, lo mismo pasa con el conocimiento científico. Como ya he adelantado al principio, dedicaré alguna de las entradas a la divulgación científica. No me meteré a explicar las ecuaciones de la relatividad general (no las conozco), pero tampoco os trataré como si fuerais estudiantes de magisterio.

Todo lo que vaya a explicar en mis entradas divulgativas es completamente inútil si lo comparamos con la importancia de lo siguiente, que ha de ser la piedra angular sobre la que se entiende todo lo demás...

EL MÉTODO CIENTÍFICO.

La clave de la Revolución Científica que menciono arriba está en algo tan simple y a la vez complejo como esto: la utilización de un método para la construcción del conocimiento de la naturaleza que sea coherente con las posibilidades epistemológicas reales del ser humano. Esto suena pomposo, pero podemos resumirlo en no intentar conocer aquello que el ser humano no puede conocer. Lo que el ser humano no puede conocer, según los filósofos empiristas que parieron el método científico, es aquello que va más allá de la experiencia sensible.

La ardilla dramática acaba de leer a los empiristas y despierta del sueño dogmático.


El método científico, tal como te lo enseñan en la secundaria, es así:

  1. Observación de un fenómeno natural y elaboración de una hipótesis que explica su funcionamiento.
  2. Experimentación en la que se recrea el fenómeno natural en condiciones de laboratorio, de manera tal que se pueden estudiar las magnitudes que intervienen en él y realizar un análisis matemático de ser posible.
  3. Observar los resultados del experimento y ver si son compatibles con la hipótesis inicial. De serlo, se sigue poniendo la hipótesis a prueba hasta que ésta, por inducción, aumente sus posibilidades de ser cierta. De no serlo, se vuelve al punto uno y se elabora una nueva hipótesis.

La importancia que para mí tiene el método, más allá de permitir un conocimiento sólido de la naturaleza, está en ser un arma infalible contra los dogmatismos. El método científico es, junto con la duda metódica que menciono en otra entrada, el azote de los dogmatismos y el terror de los borregos y otros mermados intelectuales.

El método científico parte de algo elemental: los hechos son los que son (objetividad de la experiencia sensible), y nuestras explicaciones sobre ellos son acertadas siempre y cuando estén respaldados por estos hechos. Es decir: la explicación de los hechos viene después de que estos ocurran y en función de los mismos. Esto, que parece evidente, no lo es tanto si pensamos en los grandes rebaños de alienados que primero ponen la explicación y luego fuerzan los hechos para que se adapten a ella. Así salen cosas como el Jesucristo montado en un velocirraptor que mostraba en una entrada anterior: ¿que los fósiles de dinosaurios contradicen la idea cristiana de que la Tierra tiene 5000 años de antigüedad? Fácil: los judíos inventaron la disciplina olímpica de equitación sobre diplodocus. Hay gente así porque el dogmatismo siempre da más seguridad que la duda científica. De esta obsesión patológica por la seguridad también hablo en mi entrada sobre la duda metódica.

"¿Sabéis lo que es la infalibilidad papal? Es nuestra respuesta dogmática ante vuestra cienc... ay, me he vuelto a cagar encima."

Dos cosas que han de quedar claras:

  1. La ciencia no da verdades absolutas, sino verdades probables hasta que se encuentre un experimento que las demuestre falsas. Se utiliza, sobre todo en publicidad, el adjetivo "científico" como garante de verdad universal e irrefutable, y esto es ignorar el método: ni la más asentada de las teorías científicas puede mantenerse si tiene los hechos en contra. Y cualquier hipótesis científica es vulnerable de ser demostrada falsa en experiencias que aún no se han descubierto. Si os interesa, buscad el cambio de paradigma que supuso el rechazo de la teoría newtoniana sobre la gravedad (asentada durante tres siglos) por el de la relatividad de Einstein.
  2. La ciencia sólo puede explicar fenómenos de los que se tenga experiencia sensible: ahí están sus límites. La ciencia no puede explicar el sentido de la vida, lo que había antes del origen del universo, la existencia o no existencia de Dios, la universalidad o relativismo de la moral... No se trata de que la ciencia no haya descubierto aún esas cosas, sino de que no las podrá conocer jamás, porque de todos esos elementos no se pueden establecer hipótesis que puedan ser confirmadas o falsadas en los experimentos, y por lo tanto, no tiene sentido plantearlas en el contexto del método científico. Si esas cuestiones os interesan, las letras se encargan de ellas. Ya sabéis qué hacer.
Estos dos puntos limitan las posibilidades del conocimiento científico, pero lo más importante es que limitan las posibilidades del conocimiento humano. El método de la ciencia fue (y es) una bofetada a la humanidad, una llamada a la modestia y la humildad epistemológica. Un cubo de agua fría que la fuerza a ser consciente de que hay cosas que están más allá de su comprensión. La ciencia racionaliza el debate filosófico porque separa aquello que se puede conocer con fundamento de aquello que es pura sofistería metafísica.

Así, la próxima vez que creas que llevar ropa interior de un color concreto te puede dar buena suerte, que una pulsera con hologramas aumenta tu rendimiento físico o que tomar bolitas de azúcar es preferible a la opinión médica, plantéate si tus creencias resistirían la aplicación del método científico. De no ser así, entonces piensa que a lo mejor estás actuando como si fueras de letras. Es broma.

Rompiendo estereotipos.



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