domingo, 20 de mayo de 2012

La duda metódica.


Descartes dice muchas tonterías. Por ejemplo, que se puede deducir la existencia de Dios. Pero hay una reflexión cartesiana que, con pequeñas alteraciones, me parece indispensable en la vida. Es la duda metódica. Descartes intenta diseñar un método que le permita llegar a verdades absolutas, y para ello pone en tela de juicio todo conocimiento que crea tener hasta que se demuestre que éste es fiable, seguro, que se encuentra más allá de toda duda. Cosas de franceses.

Qué caga de fgancés tengo, jeje.

Lo importante de la duda metódica no radica sólo en su importancia para la epistemología. La duda metódica puede ser un principio de vida. La forma más sencilla de aplicarla es ésta: todo lo que creas conocer, incluso aquello de lo que más seguro estás, puede ser falso. Sólo por eso hay que amar a Descartes.

Todo esto, que parece una evidencia, es infinitamente complicado de aplicar a poco que uno se mire a sí mismo y a los demás. ¿Qué tan dispuestos estamos a reconocer que nos equivocamos? No estoy hablando de una discusión trivial con la novia o un malentendido con un amigo. A eso también es aplicable la duda metódica, pero seamos ambiciosos. Piensa en lo que crees saber sobre el mundo y su funcionamiento. La política, la economía, la sociedad, la ciencia. Todo lo que creas saber sobre esas cosas (que abarcan, prácticamente, todo lo que se puede conocer), puede ser erróneo.

Con el tiempo he llegado a la conclusión de que existen dos tipos de personas: aquellas con tendencia al autojuicio y aquellas que no. Autojuicio es una palabra que no existe, pero que creo necesaria. Primero he pensado en escribir rectificar. Pero rectificar es un acto puntual, mientras que el autojuicio es una actitud. ¿En qué consiste? El autojuicio es la aplicación de la duda metódica por principio.

Desde pequeño sentí simpatía por la izquierda política. Es fácil si eres pobre y naces en un país subdesarrollado. Es una cuestión sentimental. Mis padres o mis abuelos poco sabían sobre la lucha de clases o la dictadura del proletariado. Sólo sabían que si eres pobre, lo lógico era ser de izquierdas, y así me lo transmitieron. La derecha defiende los intereses de los ricos, la izquierda, la de los desposeídos. Nadie podrá negar que, a grandes rasgos, eso es verdad. No es falso que votar al Frente Amplio era lo más conveniente para sus intereses. No estaban haciendo, pues, nada incoherente si vamos a las cuestiones de hecho.

Pero lo bueno o malo de nuestras acciones no se mide únicamente por los hechos en sí. Matar a un hombre es un acto que puede estar bien o mal considerado en función del contexto (si el asesino eres tú y la víctima es Hitler seguro que lo consideras bueno). Y el contexto en el caso de las inclinaciones políticas de mi familia es claro: no se vota a la izquierda porque tras un análisis racional, con fundamento, se ha llegado a la conclusión de que se comulga con la ideología marxista. Se sigue a la izquierda de una manera dogmática, no del todo irracional de hecho (hemos dicho que al fin y al cabo era lo que más les convenía), pero sí irracional respecto a la causa.

- Benito, ¿por qué siempre que hay que representar a un malo me citan a mí?
- Porque perdiste la guerra, lol.

Hace unos días asistí a la marcha del 12M en Valencia. Una muchedumbre enarbolando tricolores derribó las vallas y echó abajo los preparativos para una mascletà que Rita, casualmente, había decido situar en el sitio donde acababa la manifestación. Para mí, la escena tuvo un gran impacto emocional: el pueblo tomaba a la fuerza la plaza que por derecho le pertenecía y clavaba una bandera republicana en su seno, expulsando a las fuerzas opresoras y dando un paso más en su emancipación. Volví a casa y empecé a escribir arengas comunistas en Twitter. Tal era mi entusiasmo.

Luego pensé. Pensé en qué significaba el marxismo para mí. Pensé, también en qué sabía sobre el marxismo. Y entonces descubrí que casi todo lo que para mí significaba la emancipación proletaria provenía, principalmente, del sentimiento más que de la razón. He leído el Manifiesto Comunista. Tengo ideas generales sobre lo que Marx decía. También sobre los postulados de Lenin. Pero si vamos a lo estrictamente racional, aquello relativo al conocimiento, aquello que debería ser el principal (que no único) baremo a la hora de juzgar a las ideas, entonces yo sé muy poco sobre el marxismo. Digo esto por una sencilla razón: para Marx, toda la historia de la humanidad se explica por la economía. Y yo de economía no sé una mierda.

¿De dónde provenía mi entusiasmo ante la conquista proletaria de la Plaça Quinze de Maig? Del sentimiento. Era el dogmatismo, como el de mis padres y mis abuelos. El marxismo, en mí, no aguanta ni dos asaltos contra la duda metódica porque poco sé sobre él, y por lo tanto, menos razones tengo para defenderlo a capa y espada en Twitter. ¿Por qué el entusiasmo, entonces? Simple: yo (y muchos de vosotros) asumimos ciertas ideas como indiscutiblemente verdaderas sin pararnos a pensar en el porqué.

Practicar el autojuicio es difícil porque va en contra de nuestros instintos. La búsqueda constante de seguridad en todos los aspectos es de las adaptaciones evolutivamente más exitosas: un hombre primitivo que se hubiera parado en mitad de la sabana a reflexionar sobre la veracidad de sus percepciones acabaría siendo devorado por leones. O por dinosaurios.

Hay gente que cree que esto ocurrió. Ojalá fuera broma. Les falta autojuicio.

Pero hace miles de años que no estamos en la sabana, y las adaptaciones evolutivas pierden utilidad cuando las condiciones del medio cambian (hablaremos de ello algún día). Hoy en día, al menos en el mundo desarrollado, la principal preocupación no es huir de los leones. Los mayores dolores de cabeza no proceden de la lucha por la supervivencia, porque ésta ya no existe en el primer mundo, o al menos no de una manera brutal, como en el pasado. Hemos avanzado lo suficiente como para ver que el dogmatismo que una vez fue útil, ya no lo es en el presente.

Hace unos días leí en un blog algo que me pareció una verdad como un templo: está mal visto rectificar. Se espera de uno que, sobre todo en lo que respecta a la ideología política (sigamos con el ejemplo del comunismo hereditario), tras hacer una elección, ésta permanezca inmutable por los siglos de los siglos. Hacer lo contrario es como pasarse del Madrid al Barça: un acto vil, traicionero e infame. Pero así no avanzamos.

El campo del sentimiento es basto, y discutiblemente más importante que el de la razón. Pero ambas facetas del ser humano, razón y emoción, tienen sus predios. Y cuando una allana el de la otra, hay problemas. Las ideas se aprehenden con la razón, con la reflexión calma, no con el fanatismo. De hecho, cuando esto ocurre es cuando se dan las desgracias. Seguro que a todos se os ocurre algún ejemplo.

El dogmatismo es malo en todas sus formas, porque atrofia la razón a base de desprestigiarla. En nuestra sociedad se premia al romántico sobre el reflexivo. Es más, el concepto de humanidad suele citarse para hacer referencias al sentimiento más que al pensamiento racional, lo cual es curioso, dado que esto último es la más humana de todas nuestras cualidades. Intentar pensar siempre ha sido difícil. Te granjea enemigos a los que no les gusta que lo hagas. Tu duda les hace dudar a ellos, y ellos no quieren dudar, porque las verdades acríticas siempre son más cómodas que la incertidumbres a las que lleva el autojuicio.

Existe esperanza para el que duda. La incertidumbre inicial es dificultosa, pero te permite cavar hasta encontrar roca firme sobre la que se alzará el edificio del conocer. Descartes acierta en eso: cualquier verdad firme sobre la que puedas apoyarte vale más que miles de conocimientos sustentados sobre el humo. Descartes necesitaba deducir la existencia de Dios para llegar a esas verdades firmes. Hoy en día, creo que sólo basta con la sinceridad dirigida a uno mismo y la voluntad de llevar tus reflexiones a las últimas consecuencias. Es duro, pero vale la pena.



No hay comentarios:

Publicar un comentario