lunes, 21 de mayo de 2012

La violencia social: las revoluciones pacíficas son los padres.

No soy politólogo. He leído realmente poco sobre filosofía política; y lo que he leído es de Wikipedia, como la mayoría de las cosas sobre las que sé. Pero hay reflexiones que trascienden el ámbito académico y es legítimo hacerlas basándose en el sentido común y en ciertos conceptos básicos y evidentes por sí mismos. No pretendo sentar cátedra sino impulsar un debate que me parece necesario, porque la gente está demasiado entusiasmada, creyendo que el sábado que viene llega la Revolución Social. Y se equivoca.

Las revoluciones pacíficas no existen.

La toma de la Bastilla. La historia funciona así.

Entre 1864 y 1920 existió un alemán llamado Max Weber. Su importancia para la filosofía política fue capital. De todas sus ideas, la que más interesante me resulta es lo que él llama Gewaltmonopol des StaatesPodéis leer sobre ello aquí. Viene a decir, de manera resumida, que uno de los fundamentos del estado es el del monopolio sobre el uso legítimo de la fuerza. Esta idea tan lúcida es vital para comprender los mecanismos mediante los cuales un estado se mantiene en el poder.

Al decir que el estado es el único capaz de utilizar legítimamente la violencia, se nos está diciendo que en el contrato social existe una cláusula mediante la cual damos nuestro consentimiento tácito a la institución estatal para que decida cuándo es correcto emplear la fuerza y cuándo no. Esto puede parecer negativo, represor de las libertades individuales. Y hasta cierto punto, lo es. Pero tiene una ventaja clarísima: si todos aceptamos que el estado sea el único que puede utilizar la violencia, entonces la lucha constante del hombre contra el hombre es reprimida y se convierte en algo puntual, y aun así perseguido incansablemente por la fuerza del estado. Se puede resumir el asunto en esto: en favor del estado, cedemos nuestra libertad para ejercer la violencia como medio para realizar nuestros fines. Esto lo hacemos con el objetivo de conseguir la seguridad de que los demás harán lo mismo. Esto es fácilmente enlazable con el amor por la seguridad que comento aquí


Cederle al estado el monopolio de la fuerza legítima es una adaptación social importantísima. Nuestras sociedades tal como las conocemos no podrían existir si no fuera por este monopolio. Que el individuo se quite de encima la preocupación de que el prójimo le abra la cabeza con una piedra le permite enfocar su vida hacia otras cosas. Inventar la filosofía, por ejemplo. O producir más bienes materiales.


real
Si el estado no monopoliza la fuerza, ocurren cosas como ésta: una favela brasileña. El narco mexicano es otro buen ejemplo.

Es importante que pensemos en esto: los estados nunca tienen la base de su poder en la legitimidad que les otorga una supuesta representación popular, sino en la capacidad que tienen para mantenerse en el poder a la fuerza. El apoyo (o al menos la indiferencia) del pueblo siempre ayuda, pero no son estos quienes constituyen la esencia del poder estatal. La voz pasiva del pueblo nunca es determinante. En la Guerra Civil, la República era quien contaba con la legitimidad democrática, y sin embargo cayó. Puede interpretarse el conflicto de la manera siguiente: el Ejército Popular y el bando sublevado tenían ideologías diferentes, pero del todo irrelevantes si vamos al fin compartido: la toma del poder, o mejor dicho, la conquista del monopolio del poder. 

Cualquier monopolio, por definición, sólo puede ser ejercido por un sujeto. Así, cuando dos sujetos combaten por un monopolio, se hace necesaria la eliminación práctica de uno de ellos para que el otro triunfe. Por eso las guerras civiles son siempre tan sangrientas, y por eso el apoyo popular es menos determinante que los efectivos, el entrenamiento militar y la maquinaria de guerra en general.

Hay un problema con todo esto: los cambios estructurales de un sistema, por más democrático y liberal que se diga éste, no se llevan bien con el monopolio de la fuerza. Es más, podría decirse que la tiranía encuentra el medio perfecto en el uso exclusivo de la violencia. Esto es así porque el estado no es un ente ideal formado por seres abstractos sino un conjunto de personas que administran el poder. El poder es atractivo, y de una potencia corruptora inconmensurable. Miles de ejemplos históricos avalan esto: nadie es inmune a los encantos del poder. Esta necesidad está arraigada, igual que la búsqueda de la seguridad, en un instinto biológico: el ejercicio del poder es el mejor medio para asegurarse la reproducción y, con ello, la transmisión de la herencia genética. De eso va la biología, ya lo trataré otro día.

De esta obsesión biológica por el poder se infiere que quienes lo ostentan difícilmente lo cederán sin rechistar. La democracia es un invento humano que intenta poner solución a este problema, pero hasta ahora lo ha conseguido sólo parcialmente. La situación es compleja y admite muchas aproximaciones. La que a mí me parece más acertada es la siguiente: la democracia actual no es una democracia real.

Esto es evidente si uno reflexiona sobre cómo funciona el sistema. Se nos dice que, dada la imposibilidad práctica de una democracia directa en un país con 40 millones de personas, lo mejor es elegir un número reducido de representantes que velen por el bienestar de las masas. Esto está mal por muchas razones. La que más relevante me parece es que aleja al ciudadano de la política y lo sumerge en la apatía, en el "que lo solucionen ellos". La otra es que el sistema ni siquiera es honesto consigo mismo: decir que los políticos son representantes del pueblo es mucho decir; lo que realmente ocurre es que los partidos compiten entre sí para tomar el poder e intentan convencer por todos los medios a su alcance a la población. Por todos los medios a su alcance: incluidos aquellos que no dicen nada de su competencia como administradores públicosDe todo esto se deriva que el sistema no premia a aquellos que son mejores para su función, sino aquellos que logran aparentar que son mejores. Es el gobierno de los sofistas y no el gobierno de los filósofos. Hay muchos sistemas alternativos que me parecen más eficaces que la democracia puramente representativa, pero de eso no va la entrada.

Así, llegamos a las ideas que concluirán este punto y que sintetizan todo lo que estamos tratando: que unas élites con el poder económico necesario para mover un aparato publicitario lo suficientemente grande como para alienar a la población y asegurarse el poder político dispone del monopolio de la violencia, tanto de la física como la sutil; que cualquier intento de arrebatarles el poder tendrá como consecuencia el empleo de la fuerza estatal y el enfoque de sus ilimitados medios publicitarios para desprestigiar al colectivo antisistema; que independientemente de lo correcta o incorrecta que sea la gestión pública, ésta tiene medios para perpetuarse en el poder; que más allá de si el estado es pretendidamente democrático o abiertamente dictatorial, éste tiene como prioridad asegurar el statu quo. 

Todo esto finaliza así, con un cierre muy marxista: que ninguna revolución, entendida como cambio radical del sistema económico, social y político, puede ocurrir de manera pacífica, puesto que el estado tiende a perpetuarse a través del empleo de la violencia cuando el resto de razones no le acompañan.

"Éstas son nuestras armas". Ahí está el problema, pánfilos pringuis. Comparad vuestras armas con el juguete que asoma tras el hombro del agente de la ley.

1 comentario:

  1. Me parece muy acertada la comparación entre sofistas y la actual situación política.

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