domingo, 10 de junio de 2012

Me río de tus creencias.

Seguro que alguna vez has oído que hay que respetar las ideas de otros. Se aplica, sobre todo, con las ideas religiosas, pero también con todo tipo de creencias. Mucha gente considera, por ejemplo, que el vídeo en el que Javier Krahe cocina una figura de Cristo es ofensivo. Este cuidado a la hora de ofender las ideas de otro está tan arraigado en nuestra sociedad que incluso está penado por la ley. Por eso denunciaron a Krahe, aunque al final parece que ha sido absuelto.

"Si me condenan, me exilio", ha dicho Javier Krahe. Sería inútil, también hay imbéciles en Francia.

Se suele considerar las creencias como algo muy personal, ligado al ser del individuo. Por eso, poner en duda las creencias de alguien es como poner en duda su propia constitución como ser humano. Si te defines por las creencias que tienes, si están incrustadas en lo más profundo de tu personalidad, entonces es lógico que insultar tus ideas equivalga a insultarte a ti. Como respuesta ante esto parece haber nacido desde hace un tiempo una especie de relativismo: hemos renunciado a la objetividad, porque si discutir las ideas para ver cuál es la mejor supone siempre ofender a alguien, entonces no se puede saber qué posturas son más cercanas a la verdad. Pareciera que todas las ideas tienen el mismo valor.

Todo lo de arriba es una soberana estupidez, y te voy a explicar por qué. El debate en torno a las ideas, tal como suele plantearse en las discusiones, debe enfocarse hacia un objetivo claro: la obtención de un conocimiento sólido, de certezas que no se tenían antes del debate. Estarás de acuerdo en que una discusión no es un fin en sí mismo (nadie discute por el placer de discutir, y si lo hace es un idiota), sino un medio para llegar a conclusiones: compartir las ideas y hablar sobre ellas ayuda si lo que quieres es saber más sobre algo. Dado que lo que estamos tratando son ideas y queremos discernir cuáles son acertadas y cuáles no, entonces, como expliqué en una entrada anterior, lo que necesitas utilizar es la razón, que es el instrumento de la mente humana para determinar la veracidad o falsedad de las percepciones.

Sin embargo, la gente suele defender las ideas desde el sentimiento, no desde la razón. Intentar defender la veracidad de una idea utilizando como argumento los sentimientos que tienes respecto a ella es un error epistemológico: es utilizar el sentimiento para funciones que no corresponden al sentimiento, sino a la lógica racional. Debe ser la razón el criterio que discrimina las ideas.

Ahora bien, las personas nos implicamos con nuestras ideas. Creemos que las poseemos, que nos pertenecen. Establecemos un vínculo íntimo y sentimental con ellas hasta el punto de que no sabemos dónde empiezan las ideas y dónde acaba nuestro ser. Quizá esto lo hagamos debido a nuestra nuestra necesidad de seguridad, que nos hace encontrarnos más cómodos reteniendo irracionalmente (es decir, de manera sentimental) las ideas, porque la fe en algo siempre da más seguridad que la incertidumbre; comento el tema de la seguridad con más detalle aquí. En resumen: preferimos sentir que una idea es la correcta en lugar de saber que lo es.

Este señor se siente cómodo señalándote con dedo inquisidor porque le respalda la fe irracional de las masas.

Así es como nace la identificación de la persona con la idea, y el ataque a la idea se iguala al ataque a la persona. Se piensa que puesto que todos somos merecedores de respeto (por una simple cuestión de coherencia moral), entonces con nuestras ideas pasa lo mismo. Pero las ideas no son personas. Las ideas son representaciones mentales de la realidad que pueden ser acertadas o pueden no serlo. Entiendo que haya gente que prefiera la comodidad y la seguridad, vivir con ciertas ideas que le hagan sentir bien independientemente de su validez. Yo no puedo hacerlo. Considero que la obtención de conocimientos válidos es un fin en sí mismo, una de las cosas de la vida que dan sentido a la misma. Pienso, por tanto, que las ideas están hechas para luchar unas contra otras, descartándose las desacertadas y sobreviviendo las que resisten las embestidas de la razón.

Me gusta pensar en los sujetos que se ofenden ante la crítica de sus ideas como personas que viven en un pequeño universo-burbuja. Tienen miedo de salir de él, porque les gusta el control sobre su vida pero carecen de fuerzas para abarcarla, y por eso le ponen vallas. Empequeñecen su propio mundo para poder aprehenderlo; se esconden detrás de un muro, sacrificando la vista del paisaje por miedo a que en él haya leones que los ataquen. Pero todo eso es una tontería: la discusión de las ideas es enriquecedora: aprendes que tus ideas pueden estar equivocadas, y acabas valorando esa incertidumbre porque es la oportunidad para aprender cosas nuevas. Cuando adquieres ciertas seguridades, son seguridades que has aprendido a defender mediante la razón, a argumentar ante quien las ponga en duda. Son verdades que puedes defender cuando alguien "les falta el respeto", no te hace falta ponerte a llorar como una nena porque alguien te ha derrumbado el castillo de arena de una patada. Y si al final descubres que te equivocabas, te fascinas por tu error, miras atrás todas las ideas que han quedado descartadas y al levantar la vista observas que estás cada vez más cerca del conocimiento verdadero.

TU DIOS ES PAPÁ NOEL.

La próxima vez que algún iluminado se sobresalte ante una proclama atea porque se están "ofendiendo sus creencias", ríete en su puta cara como si hubiera contado un chiste. Las ideas nunca merecen respeto, merecen debate. Quien no entienda esto, no entiende el mundo y su persona no merece el insulto, pero sí la lástima.







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