viernes, 13 de julio de 2012

Reivindicación del pesimismo: colguemos a todos esos hijos de la gran puta ya.

El pesimismo está mal visto en Occidente, porque en el zeitgeist actual (o al menos, el de la pasada época) parece existir la concepción del mundo como un sitio maravilloso y fascinante si uno se esfuerza un poco al observarlo. Se hace mucho hincapié en la belleza de todo lo que nos rodea, que permanece oculta a los ojos del necio pero se revela ante aquellos que se desenganchan de la agitada rutina urbana capitalista, ante el corredor de bolsa que se para en Central Park y decide mandar a la mierda la jornada de trabajo para quedarse recogiendo flores. Me parece natural relacionar este optimismo occidental respecto al mundo con el optimismo relativo al individuo: esa otra creencia que indica que todos los individuos son igual de fascinantes que el mundo, que están llenos de curiosas peculiaridades que nos hacen únicos y merecedores de la atención del prójimo. Si hay una película que resume todo esto, ésa película es Amèlie, que a poco que uno entre en las redes sociales se da cuenta de que se ha convertido en el manifiesto de la juventud urbana despreocupada, el target principal de muchísimos lobbies empresariales.

Soy únicarl y si no lo ves eres un insensible.

Veo todo este bloque de concepciones de la existencia como una vía de escape ante la rigidez y exigencias del capitalismo, que al fin y al cabo espera de los individuos que estén trabajando constantemente para poder aumentar su riqueza personal y escalar en la jerarquía social. Estas películas y libros que pretenden recordarnos lo bella de la existencia nos están diciendo "¡eh!, puedes relajarte un poco y alejar tu vista de la meta para contemplar el paisaje que tienes a los lados". También, sobre todo en las obras como Amèlie, ponen un parche sobre el dolor asociado al individualismo radical de nuestra sociedad. Al final de la película, Amèlie encuentra su media naranja tras estar sola la mayor parte de su vida hasta entonces. Resumiendo, lo que esta clase de productos intentan conseguir es crear, en el espectador, la idea de que es posible conciliar una vida de duro trabajo capitalista con la felicidad inocente, la clase de felicidad que existía en el mundo rural anterior al capitalismo.

Como decía al principio, me parece que el pesimismo en occidente no está bien visto. Si esto es así, creo que es en parte porque las obras artísticas que menciono antes están soltando un mensaje clarísimo: si no eres feliz, es porque no quieres, porque todo el mundo puede ser feliz si se esfuerza para conseguirlo. Si lo piensas, es realmente un mensaje muy capitalista: el sistema te da todo lo necesario para que consigas tus metas, y si no lo haces es porque eres un vago de mierda que no está dispuesto a trabajar para triunfar. El mismo argumento lleva utilizando el colectivo burgués para desprestigiar las reivindicaciones del movimiento obrero desde hace 150 años.

El pesimismo está socialmente mal considerado, pues, porque es la asunción de una derrota. Se considera que el pesimismo nace de dentro, que se elige por propia convicción. Que ante el cuadro del mundo, uno puede adoptar diferentes perspectivas, y que si adoptas una que no te gusta entonces no tienes derecho a  quemar el cuadro, lo que debes hacer es cambiar de perspectiva. En resumen: si ves el mundo como un sitio desagradable, entonces es porque quieres.

A mí todo esto me parece una gilipollez suprema, y siempre que veo a uno de los predicadores de la belleza del mundo soltando mierdas me dan ganas de meterlos en un chárter directo al corazón de África para que un corro de negros con Kalashnikovs les hagan de público. Y pienso esto porque en mi opinión no hay razones para ver el mundo como un sitio sutilmente maravilloso. De hecho, cualquiera que piense eso me parece alguien totalmente desconectado de la realidad, un enajenado mental.

Tendemos a creer que el baremo de la raza humana es el Primer Mundo. Que las situaciones y problemas a las que nos enfrentamos aquí son los mismos que enfrenta la mayor parte de la humanidad. Esto tiene lógica, dado que nuestra civilización es la que domina el tráfico de información y, por tanto, si se ha de implantar un  modelo tópico de sociedad e individuo, lo haremos basándonos en nosotros mismos. En consecuencia, lo que se está emitiendo por la tele es una idea clara: lo "normal" es lo que ocurre a tu alrededor y el resto del mundo vive en constantes situaciones excepcionales (hambrunas, enfermedades, guerras civiles). Algunos llegan a creer que películas como Amèlie están enunciando verdades universales y extensibles al resto de la raza humana. Que predicar el encanto de la sencillez ante el vórtice de estrés que es la vida capitalista es algo válido para un WASP de Arkansas como para un campesino de Myanmar. Pero afirmar esto es una aberración estadística.

Si vamos a la estadística, lo cierto es que el mundo es un lugar horrible, puesto que la mayor parte de él vive en lo que desde nuestros sofás calificamos como barbarie: sufrimientos, torturas y muerte. Son cosas que nosotros dejamos atrás desde hace un tiempo, pero que son el presente para la mayoría del planeta. Esto es una realidad incómoda con la que resulta difícil lidiar, porque es fácil llegar a la conclusión de que se trata de una situación injusta: no existen razones objetivas para pensar que tú te mereces la vida cómoda que llevas y un niño afgano no.

Películas como Amèlie y otros productos chupiguays de mierda que te enseñan lo fantástica que es la vida si la sabes vivir bien son moralmente reprobables porque ocultan la injusticia mundial. Ocultan que tu propia felicidad siempre está construida sobre el sufrimiento de millones. Que para amueblar tu casa o para que haya productos en el Carrefour se ha tenido que verter sangre en la otra punta del planeta. Todo este chupismo infantiloide profesa un mensaje clarísimo: el egoísmo. Enciérrate en tu vida, procura ser feliz, lucha por ver el mundo como algo hermoso aunque no lo sea. Si no lo es, de hecho, desvía la vista y céntrate en la pantalla del iPhone que tienes entre manos.

El pesimismo que muchas veces me han dicho que represento a veces se acerca al derrotismo, pero en general, aún tengo esperanzas en el cambio. No es un pesimismo construido sobre la imposibilidad de mejora futura, sino sobre el rechazo al presente. Es un pesimismo creado sobre el asco que me inspira las bases de la sociedad actual, profundamente irracional y alejada de la justicia. Integrada por un montón de individuos cortos de miras y alienados por un sistema atroz que se retroalimenta a partir de la idiotez generalizada que él mismo engendra.

Dado que la mayor parte de la gente que opina de política me parece retrasada mental, lo más probable es que el imbécil sea yo. Aún así, veo los debates y me parecen desacertados, alejados de los problemas reales. Veo complacencia ante una maquinaria sociopolítica que es evidentemente injusta, pero como satisface los bajos instintos materiales de la masa abotargada, entonces es tolerada. Lo que veo es que la ciudadanía alterna las comidas de polla al carecelero con los besos a las cadenas, y eso me repugna, me da náuseas. De hecho, me inclina a pensar que la sumisión abyecta a la que se nos somete es merecida dada la despreocupación que tenemos por el hecho de que nos están dando por el culo cuando se les antoja.

He llegado a un punto de fastidio tal que cualquier producto pseudoartístico como los que menciono arriba me parece un insulto. He llegado a tal grado de obsesión con la irracionalidad del sistema que ninguna solución me parece lo suficientemente radical. He llegado al convencimiento de que la única posibilidad real de cambio a corto plazo es un empeoramiento tal de las condiciones de vida que deberán morir cientos de miles de personas en la miseria total para que el cabreo se generalice y la violencia se haga normal. Mejor dicho, para que lo normal, que es la violencia, se implante en el mundo excepcional que tenemos en Europa.

Quiero que la gente tome los ayuntamientos con machetes y antorchas y que tras juicios sumarísimos cuelgue de los mástiles de las banderas a la casta de cínicos e hijos de puta que han gestionado lo público desde el principio de la sociedad. Probablemente eso no sirva de nada, pero me resulta tan desagradable la situación actual que ardo en deseos de que una orgía de destrucción derrumbe los cimientos de nuestra sociedad y nos permita empezar de cero.


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