sábado, 25 de agosto de 2012

Batalla de Zaragoza, 1823 (II)

Montado a caballo, entre mis compañeros lanceros, vi partir a la Milicia Republicana hacia los bosques, tomando posición para flanquear al enemigo que, imponente, se preparaba para batirse con nosotros. El campo de batalla era una gran llanura rodeada de colinas boscosas, especial para las cargas de caballería que nos veríamos obligados a realizar, y a lo ancho de ella nuestra línea de fuego se extendía de un lado a otro, desplegados los regimientos de infantería de línea y caballería erizados de mosquetes con bayonetas y lanzas.

La tropa que resistiría en el valle era ligeramente más numerosa que la del enemigo, pero mucho peor equipada y entrenada. Probablemente recibiríamos dos o tres descargas de línea y bastante fuego de artillería hasta tener al enemigo a una distancia de tiro. Me preocupaba que en esos primeros instantes de la batalla donde sufriríamos abundantes pero inevitables bajas la moral decayera tanto que nos impidiera resistir lo suficiente como para que el flanqueo de los irregulares llegara a tiempo. Los planes que el mando conjunto de infantería y caballería republicanas habíamos trazado días antes era más bien sencillo, acorde con lo que podíamos esperar de nuestros soldados: intentar inmovilizar al enemigo con la infantería de línea y mandar a los lanceros montados a por la artillería de su retaguardia. Habían muchas cosas que podían salir mal, pero llevar a cabo maniobras más complejas habría acabado en desastre, pues carecíamos de la disciplina necesaria para ello, y una vez rota la formación seríamos barridos por el enemigo en menos que canta un gallo. Estábamos todos concienciados, pues, de que en cualquier caso sufriríamos ingentes bajas. Nuestros informes más optimistas hablaban de pérdidas de entre un 35 y un 40 por ciento del total de efectivos, contando con que todo fuera tal como se había planeado. 

En ello pensaba cuando se dio la orden de avance, poniéndonos en movimiento en una lenta marcha hacia la muerte. Mientras nos desplazábamos hacia el enemigo, los regimientos de infantería soltaban arengas y proclamas de batalla, insultando al enemigo a los gritos, eufóricos por la cercanía del baño de sangre. Pude oír, a lo lejos, que los absolutistas también chillaban intentando levantar sus ánimos, y por un momento tuve la osadía de pensar que allí estaba a punto de ocurrir una matanza de inocentes, simples peones de fuerzas históricas que asumen las pérdidas de vidas humanas como quien asume la muerte de las hormigas. El grito de alerta de nuestro sargento me trajo de nuevo a la realidad, así que afirmé los pies en el estribo del caballo y esgrimí con determinación la lanza de dos metros y medio con la que pensaba defender la Libertad de la Nación.

La primera salva de cañonazos europeos resonó en todo el valle, y casi pude ver a todos los nuestros cerrando los ojos y apretando la mandíbula (al menos yo así lo hice) rezando para que el disparo no cayera sobre nosotros. Violentas explosiones delante y detrás de nuestra línea levantaron toneladas de tierra al cielo, haciéndolo llover sobre nosotros. Una segunda salva de cañones que no pudimos oír por los impactos de la primera dio sobre un par de nuestro regimientos de infantería, dejando grandes huecos donde antes había personas. Los chillidos fueron pocos, porque el tiro de los artilleros fue tan preciso que provocó más muertos que heridos. Trozos humanos se alzaron y llovieron sobre nuestras fuerzas igual que antes había ocurrido con la tierra. Se trataba, sobre todo, de una lluvia de sangre y vísceras irreconocibles, pero también podía verse algún brazo o alguna pierna caer sobre desafortunados milicianos que no habían visto un muerto en su vida. El horror del suceso podría haber sido aplacado en parte con los gritos tranquilizadores y paternalistas de los oficiales, pero al disparo de cañones le siguió una descarga de la infantería enemiga, y entonces comenzó el caos.

El ruido bestial de 800 mosquetes disparados al mismo tiempo fue aterrador, pero peor fue la serie de zumbidos apagados que producían los proyectiles al impactar con la carne, un ruido similar al que hacen las piedras al hundirse en un estanque. Las primeras líneas de los regimientos de infantería cayeron en su práctica totalidad, siendo suplantadas por los desgraciados que tenían detrás, obligados a marchar hacia lo que parecía ser una muerte segura. ¿Cómo luchar contra un impulso biológico tan intenso y primitivo como el de conservar la vida? Tales reflexiones carecían de importancia una vez allí: la huida equivalía a una muerte aún más inevitable que la del avance, ante la cual uno podía consolarse pensando que se llevaría a unos cuantos consigo.

La caballería se despegó de la infantería, y como pájaros que remontan el vuelo, nos dirigimos hacia el este con la intención de evitar los disparos y rodear al enemigo. La velocidad sobre el caballo que soplaba viento en nuestras caras y la sensación de poder que teníamos los jinetes al ver la batalla medio metro por encima del resto nos creaba la ilusión de poder huir del peligro, o más bien, de ser el peligro del que otros huirían. En la caballería se nos entrenaba como la élite de las fuerzas armadas, inflando un ego necesario para asumir los peligrosos papeles que debíamos interpretar en la batalla. Solíamos tener menos bajas en comparación con la infantería, pero un mal movimiento, normalmente, suponía el exterminio de todo el regimiento.

El intercambio de disparos en la distancia era ya bilateral: los nuestros habían llegado a la distancia de tiro. Grandes muros de humo blanco ocultaban las líneas de infantes debido a las explosiones de la pólvora, y en semejante escenario oculto por la niebla de guerra se oían los alaridos de los heridos, que agonizaban sobre el suelo y, en el mejor de los casos, veían como la escuadra de médicos les amputaba miembros a diestro y siniestro con la paradójica intención de salvar sus vidas.

De pronto, nuestro sargento elevó su voz por encima del estruendo de la batalla.

- ¡Lanceros! ¡Ha llegado el momento! ¡Cargaremos sobre la infantería ligera que protege a la artillería y cumpliremos el papel que se nos ha asignado! ¡La Patria llama y hay que responderle, caballeros!

Todos, henchidos de júbilo, gritamos al cielo y, picando al caballo con las espuelas y dando un latigazo con las riendas, nos dirigimos en horda hacia nuestras víctimas. Nuestro regimiento levantó una nube de polvo al acelerar las bestias al galope entre nuestras proclamas y los relinchos. Tal montaña de muerte proyectando lanzas y cascos de caballos de cientos de kilos en todas direcciones era un cuadro temible visto a lo lejos; verlo dirigiéndose hacia ti solía aflojar esfínteres.

Durante la carga, el universo entero desaparece y se reduce a unos pocos elementos: tu caballo, la punta de tu lanza y el infeliz al que has elegido como víctima. Perder la concentración sobre estas tres cosas solía tener malos resultados: inseguridad en la carga, fallos en el control del caballo, lanzazos que no dan sobre ningún cuerpo... El simple hecho de pensar que nos dirigíamos a un conjunto humano que esperaría nuestra carga construyendo un muro de bayonetas podía ser aterrador, pero en la euforia del momento sólo cabía seleccionar un infante, observarlo bien y decidir por dónde se le ensartaría, sin reflexiones adicionales.

El regimiento de infantería ligera se desplegó frente a nosotros ocultando las baterías de artillería, y tal como estaba previsto descargó sus mosquetes sobre nosotros: una montaña blanca de humo se materializó frente a ellos y con sonidos secos y gemidos ahogados empezaron a derrumbarse caballos y jinetes a mi alrededor. Pude ver a mi derecha cómo un compañero era alcanzado en un hombro y, perdiendo el equilibrio, cayó del caballo pero su pie quedó enganchado en el estribo, siendo arrastrado por su animal hasta que probablemente murió bajo los cascos de otros o por un golpe en la nuca con las piedras del suelo. A mí me pareció tener una suerte milagrosa: un zumbido metálico me desajustó el casco y me quedé cabalgando a oscuras al moverse la protección, tapándome los ojos. No tener visión durante unos segundos era un consuelo, teniendo en cuenta lo cerca que había estado esa bala de impactar entre mis ojos (lo cual me habría provocado una ceguera algo más permanente). Me acomodé el yelmo y me recompuse, mirando a mi alrededor: la mayoría seguíamos vivos y dispuestos a presentar lucha, la descarga no había provocado muchas bajas. Nos encontrábamos a menos de 40 metros del enemigo, y probablemente podríamos cargarles antes de que ellos pudieran tener listas sus armas para una nueva salva de disparos. Me afirmé con más seguridad sobre el caballo y sentí la velocidad como si fuera producto de mis propias piernas.

No obstante, cuando ya la carga era inminente, los planes se truncaron: el regimiento de infantería ligera se partió en dos rápidamente y, entre las dos mitades, surgió una horda de lanceros prusianos dirigiéndose raudos y derecho hacia nosotros. El trabajo de concentración perdió, pues, su utilidad de un momento a otro: era necesario decidir rápidamente qué debíamos hacer.

- ¡Retirada! - ordenó a los gritos nuestro sargento.

Pero fue una orden imposible de cumplir. La inercia de la carga hacia imposible la retirada, y si aún así cometíamos la estupidez de intentarlo caeríamos ante las lanzas enemigas que, embaladas, se dirigían asesinas hacia nosotros. Todos comprendimos, a la vista de lo que sucedió, que la única posibilidad era responder su carga con nuestra carga. Elegí rápido al jinete alemán que pude ver primero y apunté mi pica hacia él. En unos pocos segundos, uno de los dos, él o yo, estaría en el suelo con un agujero de más en el cuerpo.

El impacto de los dos batallones fue brutal, y cuando la vanguardia de ambos chocó entre sí se pudo ver cuerpos volando en las dos direcciones unos cuantos metros por el aire. Unos pocos se quedaron atravesados en las lanzas, desequilibrando al jinete que los había atacado y cayendo víctima, verdugo y caballo al suelo en un revoltijo de sangre y polvo. Yo, esperando desconcertarlo, esperé hasta estar a unos pocos metros de mi enemigo y, en el último momento, crucé mi caballo por delante del suyo y le solté un lanzazo hacia el pecho por encima del cuello de mi montura. Noté al instante ese impacto reconfortante en mi muñeca, señal de que había hecho blanco. Mantenerme aún montado era señal suficiente para saber que él, por su parte, no me había alcanzado. El pobre desgraciado cayó del caballo hacia atrás con un feo agujero en el esternón del que brotaba sangre oscura, perdiéndose de mi vista para siempre entre el desorden del campo de batalla.

Aprovechando la inercia del giro con el que había atacado di media vuelta e intenté retirarme, oteando el horizonte para ver los distintivos de la lanza del sargento. La encontré, no obstante, en el suelo, junto al cadáver de nuestro líder, que yacía sin rostro (una mancha roja ocupaba su lugar) al lado de su caballo. Siendo yo cabo, sabía que me encontraba a partir de ese momento al mando del regimiento. Alcé la lanza y comencé a dar voces de mando.

- ¡Reagrupáos! ¡Al sur! ¡Retirada al sur!

Tras unos momentos de confusión, la mezcla de jinetes se dispersó y unos cuantos me siguieron, formando una columna detrás de mí. Echando un rápido vistazo atrás vi que éramos, aproximadamente, la mitad de los que estábamos antes de la carga: la operación había sido un fracaso. Oí con dolor a la batería de artillería haciendo llover fuego sobre nuestros infantes. La combinación de su artillería con su caballería (que había salido mejor parada del choque, al pillarnos desprevenidos), sería una sentencia de muerte para nuestros infantes a menos que hiciéramos algo. Intenté pensar rápido.

Pedir ayuda a a caballería del flanco occidental era una locura: demasiado lejos, y probablemente demasiado ocupados; quizá, demasiado muertos. Dar media vuelta e intentar batirnos a lanza con la caballería tampoco era sensato: nos superaban en número y tenían los ánimos por los cielos tras su exitoso ataque. Además, y dado que nos estaban persiguiendo, detenernos para girar hubiera supuesto recibir de nuevo una carga que nos acabaría de machacar. Ante tal situación, me di cuenta de que sólo cabía una posibilidad además de la rendición.

- ¡Catalán! ¡Catalán! ¿Estás ahí? - grité hacia atrás, esperando que mi segundo siguiera con vida.
- ¡Ordene, mi cabo! - me contestó el cabo Pablo Catalán a unos metros de distancia, gritando para hacerse oír sobre el ruido de los caballos y los disparos.
- ¡Ve hasta el 5º Regimiento a pie y diles que el flanqueo de la caballería enemiga es inminente, que se preparen para repelerlos!
- ¡Así se hará, mi cabo!

De esta manera, mientras yo dirigía la horda de caballería al este para entretener al enemigo, Catalán siguió rumbo al sur para alertar a la infantería. No podría distraerlos eternamente pero sí, quizá, lo suficiente como para darle tiempo a la infantería, suponiendo que ésta se encontrara en condiciones de presentar batalla. Nuestras maniobras acortaban distancias con el enemigo, que poco a poco se acercaban a la cola de nuestra formación. Siendo imposible dar la vuelta y hacer una carga con las lanzas, habría que trabar combate con ellos cuerpo a cuerpo y esperar lo mejor.

- ¡Reducid velocidad hasta poneros a su altura! ¡Desenvainad!

Al cumplirse la orden, poco a poco la caballería enemiga fue mezclándose con la nuestra, y comenzó una reyerta entre caballos al galope y jinetes soltando sablazos a diestra y siniestra. La maniobra les pilló por sorpresa y logramos derribar a unos cuantos antes de que pudieran presentar batalla con el sable. Por mi parte, puse la lanza en los enganches de la silla de montar, desenvainé el sable e intenté situarme en paralelo al que parecía, por el uniforme, el oficial enemigo. Cuando logré ponerme a su lado, solté varios tajos con el sable intentando abrirle la garganta, pero él conseguía alejarse lo suficiente como para que no le alcanzase. Al cabo de unos instantes, un jinete prusiano acudió a auxiliar a su oficial, y me vi repeliendo ataques desde ambos costados, bloqueándolos con el sable o jugando con la velocidad de mi caballo para evitar que me trocearan. Un mal desvío de un golpe del oficial, que tenía a mi izquierda, me provocó un profundo corte en la pierna, que me sorprendió durante unos instantes, dándole la oportunidad al pérfido ayudante para que, desde la derecha, soltara un sablazo que bien podría haberme rebanado el cuello pero que, exclusivamente gracias a los reflejos de mi caballo, sólo me alcanzó en el brazo derecho, con el que sostenía las riendas. Probablemente cansado ya de estar perdiendo tanto el tiempo conmigo, el oficial decidió acabar el combate apuntándome con la pistola que llevaba cruzada en el cinturón, con tan mala fortuna para él que, al agacharme pegándome al caballo por instinto, esquivé el disparo y éste acabó impactando en la cara de mi otro enemigo. Al quedarse desconcertado por su desgracia, moví el sable hacia su caballo y le hice tal tajo al vientre del animal que todo su contenido explotó hacia afuera y se desplomó, junto con el jinete, por el suelo.

Ya había pasado tiempo suficiente: si la infantería iba a ayudarnos, ya estaría posicionada. Enfilé mi caballo hacia el sur y di órdenes de seguirme. Nuestros supervivientes, bastantes más de lo que cabría esperar dado el curso de las circunstancias, se dirigieron hacia el flanco izquierdo de la línea de infantería republicana junto conmigo, muchos de ellos rezando para encontrar ayuda allí. Mirando hacia atrás vi que seguían persiguiéndonos, lo que nos dejaba como única posibilidad de supervivencia la ayuda de los soldados de a pie. Avanzando entre la niebla de los fusiles y el griterío de los alcanzados por los disparos, intenté agudizar la vista para ver algo que me indicara que tenía un regimiento al frente. Finalmente, la línea de soldados se nos presentó, primero borrosa y luego más nítida. Vi que la mayoría estaban agachados: capté el mensaje pronto y di las órdenes.

- ¡Nuestros amigos están al frente! ¡Seguid y saltad por encima de ellos! ¡Estos hijos de puta que nos persiguen ya están muertos y no lo saben!

Así lo hicimos. Exhaustos ya, cargamos contra nuestra propia infantería y en el último momento saltamos como si estuviéramos en un concurso de equitación. En cuanto cruzamos por encima de nuestros aliados, estos se pusieron de pie y soltaron tal descarga de línea que se me erizaron los pelos de la nuca. El vómito de fuego sobre nuestros perseguidores sólo dejó a un par vivos, que huyeron despavoridos hacia las colinas del este con un preocupante destino por delante.

La infantería volvió a la línea principal, no sin antes decirnos que la destrucción de la artillería era una tarea vital. De seguir recibiendo fuego por parte de los cañones, no podríamos resistir durante mucho más tiempo: las bajas estaban siendo mayores de lo previsto, muchos oficiales habían caído y la tropa estaba bajo mando de los segundos, caudillos irregulares con mucho carisma pero poca experiencia de combate. Era cuestión de minutos que, a menos que ocurriera algo que subiera la moral de los nuestros, huyera toda la infantería en desbandada.

Observé nuestro regimiento de caballería reagrupado: de los 120 que éramos en un principio no quedábamos más de 50 o 60. Comprendí entonces que la supervivencia de la unidad y la mía propia debía sacrificarse en pos de la victoria. Era imposible cargar contra la artillería, defendida por un cuerpo de infantería que probablemente tenía como órdenes exclusivas defender la batería, y no ser masacrados. Existía la posibilidad de tener éxito, pero a costa de la muerte de todos nosotros, y esta muerte era necesaria: si la artillería no caía, la derrota era inevitable.

- ¡Lanceros de la República! - exclamé a la tropa. - ¡El devenir insondable nos ha asignado un papel privilegiado en la historia! ¡Nos sacrificaremos para conseguir la supervivencia de la República! ¡De este día se escribirán poemas, mis valientes! ¡Carguemos contra esos malnacidos y llevémoslos con nosotros al infierno! ¡Somos la vanguardia de la Libertad! ¡Viva el Primer Regimiento de Lanceros Republicanos! ¡Viva la República y la Nación Española!.

La contestación de mis subordinados estuvo a la altura de las circunstancias: un rugido ensordecedor que pudo oírse en la otra punta del campo de batalla enardeció los corazones y nos preparó contra la muerte inminente. Espoleando a los caballos partimos hacia la artillería lanza en ristre, preparados para caer ante el fuego de la infantería no sin antes asegurarnos de que todos nuestros cadáveres aplastarían esos malditos cañones que tenían detrás. Los gritos de euforia acompañaban el galope de los caballos. Algunos hombres reían histéricamente, y otros lloraban emocionados por la cercanía de su sacrificio por el bien de la Patria. Todos cargábamos con fanática determinación, ya dispuestos a matar o perecer en el intento.

La infantería ligera defensora de nuestro objetivo pronto se hizo visible, y tan pronto como estuvimos a tiro dispararon sobre nosotros. Estando en la vanguardia de la carga, era inevitable recibir plomo, y así fue: un golpe seco y contundente me echó el hombro derecho hacia atrás con una fuerza descomunal que casi me hace caer del caballo. Logré recomponerme y, observando la herida, vi la carne quemada y un feo agujero del que manaba algo de sangre. Cerré el puño derecho en torno a las riendas y me aseguré de que aún podía controlar al caballo: siendo el brazo torpe, no lo necesitaba para más que conducir a mi animal; aún tenía el izquierdo para sostener la lanza, más que suficiente para llevarme por delante a algún bastardo absolutista.

Mirando a mi alrededor, vi que la descarga había derrumbado a unos cuantos de los nuestros, quedando no más que 35 o 40 jinetes. La distancia era tan corta ya que a la infantería no le dio tiempo de recargar, e intentando formar un cuadro de bayonetas para repelernos estaban cuando les caímos encima. Mi caballo arrolló a un desgraciado y pude ver como le aplastaba el cráneo con los cascos mientras yo enterraba la lanza entre el cuello y la clavícula de otro. La carga parecía haber sido efectiva al hacerse sobre el enemigo a medio formar, y muchos de ellos soltaron sus fusiles y comenzaron a huir. Frenados parcialmente al chocar contra la infantería, ésta contraatacó a bayoneta limpia, abriendo el pecho de los caballos y acuchillando entre unos cuantos, como buitres, a los jinetes que caían al suelo. Yo logré asesinar a algunos soltando estocadas con la lanza, manteniendo a raya a todo aquel que pretendiera acercarse para apuñalarme, pero me vi tan rodeado que comprendí que la pica no era ya efectiva, así que la dejé caer sobre el suelo, desenvainé el sable con la mano izquierda e hinqué las espuelas sobre mi caballo, haciéndolo cargar contra los que tenía delante mientras despachaba los flancos soltando tajos enfurecidos. Mi ataque neutralizó a un par de infantes, pero uno de esos borregos serviles logró enterrarme su bayoneta en el muslo izquierdo antes de que yo le hiciera una nueva boca a la altura de la laringe.

Unos quince o veinte jinetes, los supervivientes, seguimos camino hacia las baterías de artillería al haber sido desmoralizado y puesto en fuga el regimiento de infantería enemigo. Pude ver los rostros viciosos y a la vez atemorizados de los artilleros cuando, encendiendo la mecha, dispararon una lluvia de metralla sobre nosotros. Me agaché para intentar salvarme y mi caballo, noble compañero que tan buen servicio había prestado y tanta inteligencia y valentía demostró aquel día, me ayudó por última vez deteniendo todas las esquirlas de metal que iban dirigidas a mí con su pecho. Mi montura cayó muerta, y yo caí con ella. Varios compañeros sufrieron el mismo destino, algunos no volvieron a levantarse. Dispuesto a cumplir con mi deber hasta el final, me levanté tambaleándome y continué la marcha hacia mi objetivo. Algunos jinetes aún seguían montados y hostigaban a los artilleros con sus lanzas, quienes se defendían soltando cobardes sablazos en todas direcciones. Cogí mi sable con la mano diestra y, agarrando una lanza tirada en el suelo con la siniestra, cargué hacia ellos, esta vez a pie.

Un golpe de lanza certero alcanzó por sorpresa a un artillero entre los omóplatos, y allí atrapada se quedó mi pica. Su compañero, al verme se lanzó sobre mí sable en alto. Intercambiamos un par de golpes de espada mientras a nuestro alrededor la caballería republicana seguía combatiendo, ya exhausta, a los animados artilleros. Mi enemigo se aprovechó de mi cansancio y logró hacerme un par de buenos cortes entre las costillas. Yo, ya harto del combate, con la certeza de que mis heridas acabarían provocándome la muerte, desvié un golpe dirigido a mi frente poniendo el brazo a modo de escudo y, tras llevarme un corte que tocó hueso, contraataqué con un sablazo al rostro que desplomó a mi adversario entre chillidos. Al caer, lo apuñalé en el vientre.

Eran pocos los supervivientes de ambos bandos, y la mayoría ya se dispersaba. Pensé que no podía culpar a mi caballería: no había sido éste el mejor día de su vida, y actuaron muy por encima de lo que yo creía que podía esperarse de ellos. Al fin y al cabo, logramos poner en fuga a la artillería enemiga, y pensé que quizá hubiéramos contribuido a la victoria de los nuestros, aunque a esas alturas ya nada me importaba demasiado. Con la visión borrosa por la pérdida de sangre y el cuerpo pesado por el agotamiento, vi de espaldas al último de los artilleros, el único que aún no había escapado.

- ¡Esclavo! ¡Ven y enfréntate a un hombre libre! - le grité.

Entonces el artillero se giró, y vi que tenía una pistola en la mano. Sin titubear, la alzó hacia mí y disparó. Mientras las fuerzas en las piernas me abandonaban y mi cuerpo se derrumbaba, pude ver cómo un jinete pasó a su lado y, con un limpio espadazo, lo decapitó de un golpe. Caí de espaldas, ya sin voluntad para nada más, sólo para descansar. Había recibido dos disparos y tenía el cuerpo bañado en sangre por las heridas. Ya estaba preparado para morir, contento por mi servicio a la Patria pero harto de aquel mundo lleno de guerras, enfermedades y hambre. Tenía la intuición de que me esperaba algo bonito del otro lado.

Imaginando grandes praderas repletas de flores y no de cadáveres, como ésta, giré mi cabeza a un lado y pude ver cómo bajaba una horda de soldados enarbolando banderas españolas desde la colina boscosa del oeste. Corriendo colina abajo como bárbaros, hacían llover plomo sobre la línea de infantería absolutista, que recibiendo también la carga de nuestra infantería en el valle se vio atrapada en una pinza de fanáticos con sed de sangre. El flanqueo había funcionado, la batalla se había ganado y la República había triunfado.





viernes, 24 de agosto de 2012

La historia alternativa, o cómo deberían haber sido las cosas.

La historia de España en el siglo XIX es triste, porque es una sucesión de oportunidades perdidas. Una serie de sucesos que deberían haberse cerrado de manera diferente a cómo se cerraron: fusilamientos de personas equivocadas, pronunciamentos reaccionarios, reyes incompetentes que no fueron guillotinados, etc. Escribiré unos cuantos artículos que pretenden ser crónica de una España diferente, la España que debería haber sido y no la que fue. Empecemos por el principio.

La España Republicana del Trienio Liberal: Fernando VII recibe su merecido.

En 1820, Riego se pronuncia a favor de los liberales y estos, al ascender al poder, instauran un régimen de terror jacobino haciendo desfilar por el paredón a todo reaccionario tan estúpido como para no huir al exilio. A pesar de la sumisión de Fernando VII ("marchemos juntos, yo el primero, por la senda constitucional" dijo el hijoputa después de mandar fusilar hasta el último de los constitucionalistas), el rey y su familia son juzgados y ejecutados por la represión que llevó a cabo la realeza tras la vuelta del monarca al país en 1814, considerándose ésta un episodio de alta traición hacia los Padres de la Patria, esos valientes liberales que redactaron la primera Constitución Española en 1812.  Fusilado Fernando, en 1821 se restaura una contitución similar a la de 1812 pero con una notable diferencia: tras siglos de régimen monárquico, España pasará a ser, a partir de entonces, una República unitaria al estilo de lo que había sido la I República Francesa. Los liberales al poder, pues, comenzarían a crear y difundir las nuevas ideas que darían pie a la construcción de la Nación Española, basadas en los conceptos de Soberanía Nacional, ciudadanía, Imperio de la Ley, libertades individuales, Separación de Poderes, protección de la propiedad privada...

Como suele ocurrir, la Revolucion Española acaba extendiéndose al resto de Europa, despertando focos subversivos que se desarrollarían en los años siguientes. Por esta razón, en 1823 las potencias absolutistas europeas deciden iniciar una campaña militar con el fin de invadir la península e implantar un gobierno reaccionario a la fuerza. Así es como forman el famoso ejército conocido como "los Cien Mil Hijos de San Luis", que se batiría contra el Ejército Republicano Español en la batalla de Zaragoza, que paso a relatar a continuación.

Batalla de Zaragoza, 1823. Crónica del Teniente de Infantería de Línea don Ignacio de Armas.


¿Existe un sentimiento más sublime que el hondo orgullo nacional que nos inspiró a todos aquel día? Decenas de miles de ciudadanos, hombres valientes y lúcidos que comprendieron su lugar en el devenir de la del ser humano pese a no haber pisado una escuela en su vida, y que, con una altura moral que deja en la vileza a los estirados traidores aristócratas, con la honestidad propia de quien es conducido por los más elevados ideales, y con la convicción de quien sabe que su objetivo es necesidad histórica, tomaron las armas para conseguir por sí mismos la emancipación de la Patria.

Ese día, batallones de desposeídos sin más propiedad que los harapos que allí portaban se enfrentaron cara a cara con el ejército más grande que pudo vomitar aquella intrusa y reaccionaria Europa. Invocados por el traidor supremo, ese pérfido y abyecto Rey Fernando, cien mil víctimas de la tiranía (De San Luis, los llamaron sus dueños) entraron a suelo español para morir a manos del peor de los enemigos: aquél que lucha por su libertad y está dispuesto a morir para su consecución.

Subido a una colina, oteé el horizonte aquel día de 1823, y la naturaleza me devolvió la mirada cargada de júbilo. El cielo despejado, el suelo verde y rebosante de vida y el viento portador de aires frescos; ¿qué más podía pedirse de un día si era éste en el que uno tenía voluntad de morir? Con el catalejo pude ver los rostros de nuestros enemigos, y la pena invadió mi corazón ante aquellas caras: la tristeza propia del esclavo dominaba en sus huestes, ese desánimo en la inminencia de la batalla que le hace preguntarse a uno por qué y por quién va a morir. En nuestro bando, la determinación irradiaba desde los ojos de cada uno de los soldados, ciudadanos molestos por la cercanía de la muerte pero dispuestos a bailar con ella para llevarse el premio.

Mirándolos, pensé que no podía ver conjunto humano menos parecido a un ejército regular que aquél. Las formaciones, endebles por el pobre entrenamiento de sus integrantes, oscilaban de un lado a otro en contraste con los rígidos órdenes cerrados del enemigo. Mientras que en éste los pulcros e idénticos uniformes vestían hasta el último de los soldados, los nuestro llevaban puesto aquello que lucían cuando se hizo el llamado a armas: obreros con sucias vestimentas, artesanos con delantales desgastados, banqueros en traje de oficina e incluso alguna mujer con ropa de costurera. ¿Cabía esperar la victoria de tales espontáneas fuerzas?

Bajé de la colina y me dirigí a mi regimiento. Pedí a mi ayudante mi mosquete y el tricornio con la escarapela de teniente, le di el catalejo, me ajusté el sable en el cinto y me aclaré la garganta para dirigirme a nuestras expectantes fuerzas.

- ¡Soldados y ciudadanos de la República! - grité, y el silencio se hizo entre ellos. - Ante nosotros se yergue el obstáculo que nos oculta la luz de la Libertad. Esos pobres hombres, esclavos de la reacción, están a punto de sufrir la ira de una Nación en armas, de un pueblo emancipado dispuesto a defender con uñas y dientes su soberanía. Atrás quedan los tiempos de señores y vasallos. Hoy la historia nos observa; aquí y ahora sentaremos las bases para una nueva era de Fraternidad entre los hombres. ¡Viva la Patria! ¡Viva la Nación Española! ¡Viva la República!

El estruendoso rugido de euforia que recibí como respuesta encogió el corazón de los enemigos y engrandeció los ánimos de los nuestros. Los gritos de "¡viva la República!" y "¡muera el Borbón!" se mezclaban con primitivas pero sinceras exclamaciones de alegría, juramentos, maldiciones al enemigo y algunos rezos.

Di la orden de desplegar las formaciones de infantería, y nuestros valientes se cuadraron en feroces líneas. La artillería, expectante, esperaba el mandato para iniciar la sinfonía de cañonazos y explosiones, y los caballos relinchaban y babeaban nerviosos por la matanza que incluso un animal podía presentir en tal ambiente.

Dispuestas las piezas sobre el tablero, sólo quedaba comenzar el juego, y la señal de comienzo fue la estampida de nuestra batería de cañones. Enormes contingentes humanos se pusieron en movimiento lentamente, como los engranajes de un pesado mecanismo que intentaban vencer la inercia al funcionar.

Tenía bajo mi mando el 8º Regimiento de Milicia Republicana, un grupo heterogéneo, sin experiencia de combate y necesitados, por tanto, de un liderazgo fuerte. Me molestó en un principio no tener oportunidad de mandar un batallón del ejército regular, pero el arrojo y la convicción de aquellos milicianos me hicieron pensar que, quizá, era yo quien no estaba a la altura de su amor a la Patria.

-¡Milicia Republicana, avancen! - ordené.

Los milicianos, cuyo único distintivo común era la escarapela rojigualda en el pecho, marcharon al frente fusil al hombro. Los seis regimientos del Ejército Regular Republicano se batirían en el valle que dominaba la mayor parte del campo de batalla, mientras que las milicias y la caballería intentaríamos flanquear atravesando las colinas boscosas que rodeaban al enemigo por su izquierda y por la retaguardia.  Si todo salía bien, los Cien Mil Hijos de San Luis quedarían atrapados entre el muro de los seis regimientos amigos en el valle y el fuego y las cargas de caballería de la Milicia desde las colinas.

A medida que ascendíamos por las cotas elevadas, la espesura del bosque nos limitaba, paso a paso, la visión del campo de batalla. Cuando la densidad de los árboles fue tal que no podíamos ver más allá de cuarenta o cincuenta metros, comenzamos a oír los cañonazos. Era una situación agobiante saber que en ese momento se estaba decidiendo el curso de la guerra sin nosotros, y el temor a encontrarnos con un desastre al asomarnos a la batalla recorrió las filas.

Ante tal tensión comencé a dudar de la capacidad de nuestro ejército para presentar resistencia. Los regulares republicanos estaban peor equipados y tenían menos tiempo de entrenamiento y experiencia que el enemigo; y hasta el más henchido de los corazones se encoge de pánico ante las masacres de la guerra. ¿Había sido lo correcto desplegarlos en el valle para que resistieran hasta que se realizara el flanqueo, aun sabiendo que se encontraban en clara desventaja táctica? A partir de entonces, empecé a identificar como amiga cada salva de alaridos que se alzaba tras un disparo de artillería.

En tales divagaciones me encontraba cuando una descarga de zumbidos cortaron el aire a mi alrededor, y mi ayudante, junto a cuatro hombres de la milicia, se desplomó en el suelo.

- ¡Cerrad, Milicia! ¡Fuego a discreción! - ordené.

El intercambio de disparos comenzó violentamente, y en la confusión del combate me costaba identificar las fuentes del fuego enemigo. Mientras oteaba entre los árboles, los nuestros eran derribados, y la formación comenzaba a descomponerse por el miedo: parecíamos ser atacados desde todas las direcciones.

Entonces razoné que el enemigo no podía permitirse enviar más de un regimiento de infantería de línea al bosque dado el volumen de contención necesario en el valle. Si aquí sólo había una unidad enemiga y atacaba desde varios frentes, sólo podía estar sucediendo una cosa.

- ¡Hostigadores! ¡Sepárense en secciones y barran el puto bosque a bayoneta limpia!

La tensión del ambiente pareció favorecer la rapidez al cumplir la orden, y a los pocos minutos comprobé que había acertado con ella: los disparos cesaron y los nuestros comenzaron a llegar con prisioneros. En total, y tras el contraataque, se puso frente a mí a unos quince cazadores enemigos. De uniforme oscuro para ocultarse mejor, la mayoría de ellos tenía aspecto alemán: altos, pálidos, rubios y de mandíbula cuadrada.

- ¿Qué hacemos con ellos, teniente? - me preguntó el sargento al mando de una sección.

El tiempo corría, y apresar a aquellos tipos en algún sitio seguro del que no pudieran escapar era imposible dadas las circunstancias.  Dejarlos sueltos, aunque desarmados, era un peligro inadmisible, ya que podían tener la infame idea de delatar nuestra posición y poner sobre aviso al enemigo, echando a perder toda la operación. Aunque desagradable, la decisión a tomar no podía esquivarse y era yo quien debía ordenarla.

- Estos hombres son enemigos de la República y la Libertad. Estamos en tiempos de guerra. Fusílenlos.

La ejecución fue rápida y las víctimas afrontaron con valentía el momento de su muerte, como soldados, facilitando el trabajo a sus verdugos. Habíamos perdido tiempo, y sería necesario redoblar el paso, así que proseguimos el avance.