viernes, 24 de agosto de 2012

La historia alternativa, o cómo deberían haber sido las cosas.

La historia de España en el siglo XIX es triste, porque es una sucesión de oportunidades perdidas. Una serie de sucesos que deberían haberse cerrado de manera diferente a cómo se cerraron: fusilamientos de personas equivocadas, pronunciamentos reaccionarios, reyes incompetentes que no fueron guillotinados, etc. Escribiré unos cuantos artículos que pretenden ser crónica de una España diferente, la España que debería haber sido y no la que fue. Empecemos por el principio.

La España Republicana del Trienio Liberal: Fernando VII recibe su merecido.

En 1820, Riego se pronuncia a favor de los liberales y estos, al ascender al poder, instauran un régimen de terror jacobino haciendo desfilar por el paredón a todo reaccionario tan estúpido como para no huir al exilio. A pesar de la sumisión de Fernando VII ("marchemos juntos, yo el primero, por la senda constitucional" dijo el hijoputa después de mandar fusilar hasta el último de los constitucionalistas), el rey y su familia son juzgados y ejecutados por la represión que llevó a cabo la realeza tras la vuelta del monarca al país en 1814, considerándose ésta un episodio de alta traición hacia los Padres de la Patria, esos valientes liberales que redactaron la primera Constitución Española en 1812.  Fusilado Fernando, en 1821 se restaura una contitución similar a la de 1812 pero con una notable diferencia: tras siglos de régimen monárquico, España pasará a ser, a partir de entonces, una República unitaria al estilo de lo que había sido la I República Francesa. Los liberales al poder, pues, comenzarían a crear y difundir las nuevas ideas que darían pie a la construcción de la Nación Española, basadas en los conceptos de Soberanía Nacional, ciudadanía, Imperio de la Ley, libertades individuales, Separación de Poderes, protección de la propiedad privada...

Como suele ocurrir, la Revolucion Española acaba extendiéndose al resto de Europa, despertando focos subversivos que se desarrollarían en los años siguientes. Por esta razón, en 1823 las potencias absolutistas europeas deciden iniciar una campaña militar con el fin de invadir la península e implantar un gobierno reaccionario a la fuerza. Así es como forman el famoso ejército conocido como "los Cien Mil Hijos de San Luis", que se batiría contra el Ejército Republicano Español en la batalla de Zaragoza, que paso a relatar a continuación.

Batalla de Zaragoza, 1823. Crónica del Teniente de Infantería de Línea don Ignacio de Armas.


¿Existe un sentimiento más sublime que el hondo orgullo nacional que nos inspiró a todos aquel día? Decenas de miles de ciudadanos, hombres valientes y lúcidos que comprendieron su lugar en el devenir de la del ser humano pese a no haber pisado una escuela en su vida, y que, con una altura moral que deja en la vileza a los estirados traidores aristócratas, con la honestidad propia de quien es conducido por los más elevados ideales, y con la convicción de quien sabe que su objetivo es necesidad histórica, tomaron las armas para conseguir por sí mismos la emancipación de la Patria.

Ese día, batallones de desposeídos sin más propiedad que los harapos que allí portaban se enfrentaron cara a cara con el ejército más grande que pudo vomitar aquella intrusa y reaccionaria Europa. Invocados por el traidor supremo, ese pérfido y abyecto Rey Fernando, cien mil víctimas de la tiranía (De San Luis, los llamaron sus dueños) entraron a suelo español para morir a manos del peor de los enemigos: aquél que lucha por su libertad y está dispuesto a morir para su consecución.

Subido a una colina, oteé el horizonte aquel día de 1823, y la naturaleza me devolvió la mirada cargada de júbilo. El cielo despejado, el suelo verde y rebosante de vida y el viento portador de aires frescos; ¿qué más podía pedirse de un día si era éste en el que uno tenía voluntad de morir? Con el catalejo pude ver los rostros de nuestros enemigos, y la pena invadió mi corazón ante aquellas caras: la tristeza propia del esclavo dominaba en sus huestes, ese desánimo en la inminencia de la batalla que le hace preguntarse a uno por qué y por quién va a morir. En nuestro bando, la determinación irradiaba desde los ojos de cada uno de los soldados, ciudadanos molestos por la cercanía de la muerte pero dispuestos a bailar con ella para llevarse el premio.

Mirándolos, pensé que no podía ver conjunto humano menos parecido a un ejército regular que aquél. Las formaciones, endebles por el pobre entrenamiento de sus integrantes, oscilaban de un lado a otro en contraste con los rígidos órdenes cerrados del enemigo. Mientras que en éste los pulcros e idénticos uniformes vestían hasta el último de los soldados, los nuestro llevaban puesto aquello que lucían cuando se hizo el llamado a armas: obreros con sucias vestimentas, artesanos con delantales desgastados, banqueros en traje de oficina e incluso alguna mujer con ropa de costurera. ¿Cabía esperar la victoria de tales espontáneas fuerzas?

Bajé de la colina y me dirigí a mi regimiento. Pedí a mi ayudante mi mosquete y el tricornio con la escarapela de teniente, le di el catalejo, me ajusté el sable en el cinto y me aclaré la garganta para dirigirme a nuestras expectantes fuerzas.

- ¡Soldados y ciudadanos de la República! - grité, y el silencio se hizo entre ellos. - Ante nosotros se yergue el obstáculo que nos oculta la luz de la Libertad. Esos pobres hombres, esclavos de la reacción, están a punto de sufrir la ira de una Nación en armas, de un pueblo emancipado dispuesto a defender con uñas y dientes su soberanía. Atrás quedan los tiempos de señores y vasallos. Hoy la historia nos observa; aquí y ahora sentaremos las bases para una nueva era de Fraternidad entre los hombres. ¡Viva la Patria! ¡Viva la Nación Española! ¡Viva la República!

El estruendoso rugido de euforia que recibí como respuesta encogió el corazón de los enemigos y engrandeció los ánimos de los nuestros. Los gritos de "¡viva la República!" y "¡muera el Borbón!" se mezclaban con primitivas pero sinceras exclamaciones de alegría, juramentos, maldiciones al enemigo y algunos rezos.

Di la orden de desplegar las formaciones de infantería, y nuestros valientes se cuadraron en feroces líneas. La artillería, expectante, esperaba el mandato para iniciar la sinfonía de cañonazos y explosiones, y los caballos relinchaban y babeaban nerviosos por la matanza que incluso un animal podía presentir en tal ambiente.

Dispuestas las piezas sobre el tablero, sólo quedaba comenzar el juego, y la señal de comienzo fue la estampida de nuestra batería de cañones. Enormes contingentes humanos se pusieron en movimiento lentamente, como los engranajes de un pesado mecanismo que intentaban vencer la inercia al funcionar.

Tenía bajo mi mando el 8º Regimiento de Milicia Republicana, un grupo heterogéneo, sin experiencia de combate y necesitados, por tanto, de un liderazgo fuerte. Me molestó en un principio no tener oportunidad de mandar un batallón del ejército regular, pero el arrojo y la convicción de aquellos milicianos me hicieron pensar que, quizá, era yo quien no estaba a la altura de su amor a la Patria.

-¡Milicia Republicana, avancen! - ordené.

Los milicianos, cuyo único distintivo común era la escarapela rojigualda en el pecho, marcharon al frente fusil al hombro. Los seis regimientos del Ejército Regular Republicano se batirían en el valle que dominaba la mayor parte del campo de batalla, mientras que las milicias y la caballería intentaríamos flanquear atravesando las colinas boscosas que rodeaban al enemigo por su izquierda y por la retaguardia.  Si todo salía bien, los Cien Mil Hijos de San Luis quedarían atrapados entre el muro de los seis regimientos amigos en el valle y el fuego y las cargas de caballería de la Milicia desde las colinas.

A medida que ascendíamos por las cotas elevadas, la espesura del bosque nos limitaba, paso a paso, la visión del campo de batalla. Cuando la densidad de los árboles fue tal que no podíamos ver más allá de cuarenta o cincuenta metros, comenzamos a oír los cañonazos. Era una situación agobiante saber que en ese momento se estaba decidiendo el curso de la guerra sin nosotros, y el temor a encontrarnos con un desastre al asomarnos a la batalla recorrió las filas.

Ante tal tensión comencé a dudar de la capacidad de nuestro ejército para presentar resistencia. Los regulares republicanos estaban peor equipados y tenían menos tiempo de entrenamiento y experiencia que el enemigo; y hasta el más henchido de los corazones se encoge de pánico ante las masacres de la guerra. ¿Había sido lo correcto desplegarlos en el valle para que resistieran hasta que se realizara el flanqueo, aun sabiendo que se encontraban en clara desventaja táctica? A partir de entonces, empecé a identificar como amiga cada salva de alaridos que se alzaba tras un disparo de artillería.

En tales divagaciones me encontraba cuando una descarga de zumbidos cortaron el aire a mi alrededor, y mi ayudante, junto a cuatro hombres de la milicia, se desplomó en el suelo.

- ¡Cerrad, Milicia! ¡Fuego a discreción! - ordené.

El intercambio de disparos comenzó violentamente, y en la confusión del combate me costaba identificar las fuentes del fuego enemigo. Mientras oteaba entre los árboles, los nuestros eran derribados, y la formación comenzaba a descomponerse por el miedo: parecíamos ser atacados desde todas las direcciones.

Entonces razoné que el enemigo no podía permitirse enviar más de un regimiento de infantería de línea al bosque dado el volumen de contención necesario en el valle. Si aquí sólo había una unidad enemiga y atacaba desde varios frentes, sólo podía estar sucediendo una cosa.

- ¡Hostigadores! ¡Sepárense en secciones y barran el puto bosque a bayoneta limpia!

La tensión del ambiente pareció favorecer la rapidez al cumplir la orden, y a los pocos minutos comprobé que había acertado con ella: los disparos cesaron y los nuestros comenzaron a llegar con prisioneros. En total, y tras el contraataque, se puso frente a mí a unos quince cazadores enemigos. De uniforme oscuro para ocultarse mejor, la mayoría de ellos tenía aspecto alemán: altos, pálidos, rubios y de mandíbula cuadrada.

- ¿Qué hacemos con ellos, teniente? - me preguntó el sargento al mando de una sección.

El tiempo corría, y apresar a aquellos tipos en algún sitio seguro del que no pudieran escapar era imposible dadas las circunstancias.  Dejarlos sueltos, aunque desarmados, era un peligro inadmisible, ya que podían tener la infame idea de delatar nuestra posición y poner sobre aviso al enemigo, echando a perder toda la operación. Aunque desagradable, la decisión a tomar no podía esquivarse y era yo quien debía ordenarla.

- Estos hombres son enemigos de la República y la Libertad. Estamos en tiempos de guerra. Fusílenlos.

La ejecución fue rápida y las víctimas afrontaron con valentía el momento de su muerte, como soldados, facilitando el trabajo a sus verdugos. Habíamos perdido tiempo, y sería necesario redoblar el paso, así que proseguimos el avance.

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