miércoles, 17 de octubre de 2012

La cuestión catalana (I).

Hablemos de la independencia de Cataluña. Creo indispensable conocer el trasfondo histórico español para comprender de dónde viene todo el problema, y eso intentaré exponer en este artículo (y en otros que vendrán). Muchísimos analfabetos están pegando gritos a diestra y siniestra sin tener ni puta idea de Historia, lo cual me parece un ejercicio de atrevida ignorancia que debería estar penado con azotes en público. La opinión que pretendo defender sobre el asunto se irá desarrollando a lo largo de una serie de publicaciones, pero la adelanto, resumida, ya: 
  1. Cataluña no era una nación ni antes ni después de la llegada de los borbones. 
  2. El secesionismo catalán fue un invento de la burguesía barcelonesa del S. XIX para arrebatar poder político de Madrid. 
  3. El nacionalismo es un instrumento de alienación de las clases media y baja. 
  4. El modelo ideal para España es la República Federal.


El origen del problema: Carlos II no debería haber nacido.

"GÑERF".

El 6 de noviembre de 1661 un chiste de la naturaleza fue dado a luz en el mundo. Carlos II, hijo de Felipe IV, nacía en Madrid despertando incómodas miradas entre las parteras que atendían a la reina consorte: aquel príncipe, heredero de la corona de Castilla, Aragón y todas las Españas y las Indias, era feo de cojones. Pero no era una fealdad normal, sino una fealdad producto de siglos de endogamia, de incesto programado por las dinastías europeas para sellar pactos; una fealdad cuyo origen genético también traía consigo toda una serie de síndromes y enfermedades a cuál más incapacitante para las tareas de gobierno que le estaban destinadas al joven Habsburgo. Leamos la descripción de Carlos II que hace un contemporáneo suyo:
El rey es más bien bajo que alto, no mal formado, feo de rostro; tiene el cuello largo, la cara larga y como encorvada hacia arriba; el labio inferior típico de los Austria; ojos no muy grandes, de color azul turquesa y cutis fino y delicado. El cabello es rubio y largo, y lo lleva peinado para atrás, de modo que las orejas quedan al descubierto. No puede enderezar su cuerpo sino cuando camina, a menos de arrimarse a una pared, una mesa u otra cosa. Su cuerpo es tan débil como su mente. De vez en cuando da señales de inteligencia, de memoria y de cierta vivacidad, pero no ahora; por lo común tiene un aspecto lento e indiferente, torpe e indolente, pareciendo estupefacto. Se puede hacer con él lo que se desee, pues carece de voluntad propia.
Resumiendo: Carlos II, además de feo, era retrasado mental. Como la naturaleza es sabia, también lo hizo estéril. Y entonces empezó el problema. Siendo que el rey moriría sin descendencia, se planteaba la crisis de la sucesión: ¿quién heredaría la corona de las Españas? No se trataba de un asunto baladí: el Imperio Español no abarcaba sólo los territorios de la Península Ibérica que tiene España en la actualidad, sino también Cerdeña, el Reino de las Dos Sicilias (la mitad sur de la Península Itálica y Sicilia), Flandes, todas las colonias españolas en América y en el Pacífico... Aquella dinastía que se llevara el Imperio Español obtendría un buen botín, ya que siendo tan grande el territorio en disputa la elección de uno u otro heredero podía modificar el equilibrio de poderes europeos del momento.

Los dos candidatos que tenían más probabilidades de heredar el trono español eran Felipe d'Anjou y el Archiduque Carlos de Austria. El primero era al que le correspondía la herencia de manera más legítima (los lazos de parentesco eran ligeramente más estrechos con Carlos II), pero al ser Borbón (dinastía reinante en Francia), si heredaba el Imperio Español los franceses ganarían muchísimo poder en Europa. El Archiduque Carlos, por otra parte, puede que no fuera el heredero más legítimo, pero era Habsburgo como el Rey de las Españas y su toma del poder no supondría un desequilibrio tan grande como el mencionado antes con Felipe porque estaba dispuesto a renunciar a sus derechos como heredero de la Monarquía Austríaca para conseguir los de la Española.

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Felipe d'Anjou, futuro Felipe V de España. El aspecto afeminado no es casual: no olvidemos que era francés.

Al final, Carlos II se decidió a dejar su Imperio en herencia a Felipe d'Anjou con la condición de que no fuera anexionado a los dominios de Francia, es decir, la Monarquía Hispánica habría de mantener su independencia. Felipe aceptó el trato y, con la muerte de Carlos II (tardó bastante en morirse a pesar de las taras de fábrica que traía) estalló una guerra en Europa, la conocida como la Guerra de Sucesión Española. En ella, unas monarquías apoyaron a Felipe y otras al Archiduque Carlos. Como era de esperar, Felipe recibió el apoyo de Francia, mientras que Carlos recibió la del resto de potencias europeas que temían una hegemonía francesa en el viejo continente: Austria, el Reino Unido, Prusia y el Sacro Imperio Romano-Germánico, las Provincias Unidas de los Países Bajos, Portugal...

Por otra parte, dentro de España estalló una guerra civil entre los españoles partidarios de un bando u otro. El motivo que dividió a la población española fue, sobre todo, el tipo de Rey que se encontrarían al acabar la guerra, porque Felipe d'Anjou y el Archiduque Carlos defendían dos futuros muy diferentes para el Imperio Español. Para entender esto, tenemos que conocer qué modelo de estado constituía la España de entonces.

1469: ¿nacimiento de España? NO.

El 19 de octubre de 1469 dos reyes se casaron: Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, los Reyes Católicos. Para muchos facciosos analfabetos y otros ignorantes esta fecha marca el origen de España como estado-nación, lo cual es rotundamente falso. Primero, porque el concepto de nación no se crearía hasta tres siglos más tarde. Segundo, porque la unión dinástica supuso la coordinación de las políticas de ambas coronas, pero las dos mantuvieron todas sus instituciones, leyes y culturas propias. Para ilustrar esto, tengamos en cuenta que para moverse de un reino a otro había que pasar por una aduana en la frontera y que, al hacerlo, un castellano era considerado legalmente un extranjero en Aragón y viceversa. Las instituciones, por otra parte, también seguían diferentes modelos, y las leyes que las regulaban se encontraban recogidas en unos documentos jurídicos exclusivos de cada corona: los famosos fueros. Las lenguas de los funcionarios y la corte también eran diferentes: mientras que el catalán era la lengua que predominaba en la Corona de Aragón, el castellano cumplía la misma función en Castilla. Si Fernando de Aragón hubiera pagado a Colón en lugar de Isabel de Castilla, quizá hoy en día se hablaría catalán en toda Latinoamérica.

Esta situación de varios reinos, cada uno con sus leyes e instituciones bajo una única dinastía era la que aún existía a la muerte de Carlos II, el último Habsburgo que reinó en España. Ahora bien, como decíamos antes, Felipe d'Anjou y el Archiduque Carlos veían este modelo de imperio de diferente manera. Felipe d'Anjou, fiel a la tradición absolutista francesa, quería cargarse todas las particularidades regionales que pudieran existir en las coronas ibéricas y centralizar todo el poder unificando las dos coronas en un único reino, con un único cuerpo de leyes y con un solo modelo institucional. Pensemos que centralizando de tal manera el funcionamiento del estado Felipe ejercería de una forma mucho más eficaz su poder absoluto que teniendo que atender a diferentes legislaciones en función del territorio, o habiendo de responder y dar explicaciones ante instituciones como los primitivos parlamentos estamentales que existían en la Corona de Aragón. El Archiduque Carlos, por otra parte, prefería mantener el statu quo: se conservarían los fueros de los reinos españoles, asegurando la supervivencia del sistema en cada uno de ellos.

Todo esto se tradujo en que Felipe V, al tomar el poder en España, eliminó la validez de los fueros de la Corona de Aragón, asimilándola al modelo legal de la Corona de Castilla. A partir de entonces (año 1700) podemos hablar, por fin, de un Reino de España unificado bajo el funcionamiento de un modelo de gobierno común a todas sus partes. A las élites aragonesas esto no les hizo ni puta gracia, dado que la reforma de Felipe V les despojaba del poder del que hasta entonces gozaban. Esto es así hasta tal punto que algunos historiadores piensan que, en la práctica, la asunción de Felipe V supuso que la Corona de Castilla se anexionara la Corona de Aragón.

Así, como es lógico, en la Corona de Aragón no se aceptó a Felipe V como legítimo rey y abogó por el Archiduque Carlos, mientras lo contrario ocurría en Castilla. Al final, la Guerra de Sucesión Española fue ganada por Felipe V, lo que, además de iniciar una época de excelentes relaciones con Francia (era de esperar), también supuso importantes cesiones territoriales en el tratado de paz con las potencias enemigas (Tratado de Utretch, 1713). Pero para lo que nos toca, la principal consecuencia fueron los Decretos de Nueva Planta (redactados entre 1711 y 1715), que los independentistas catalanes actuales, en una muestra de suprema subnormalidad histórica, pretenden que el gobierno de Rajoy derogue. Estos decretos son los documentos legales que eliminan las instituciones y leyes de la Corona de Aragón (entre ellos, la antigua Generalitat de Cataluña, que volvería a nacer siglos después con la consecución de la autonomía). Así, el modelo centralista castellano, instrumento perfecto para la tiranía absoluta de Felipe V, se convierte en la norma en España.

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Batalla de Almansa, 1707. Importante derrota de los austracistas, que determinaría la pérdida de, entre otros, los fueros valencianos. 


La Guerra de Sucesión en Cataluña: "nos la pela, nen".

La falaz historiografía independentista catalana pretende presentar lo que acabo de contar como la trágica pérdida de independencia de una nación, pero tal interpretación es una idiotez. Como ya he dicho, el concepto de nación no nacería hasta tres siglos más tarde con las revoluciones burguesas. En el S. XVII, cuando ocurre la Guerra de Sucesión, el pueblo llano podía sentir algo de apego a la localidad donde vivía, su entorno inmediato, pero en general era indiferente a los grandes conflictos bélicos en donde se enfrentaban intereses que, ciertamente, les eran muy ajenos. Podían sufrir porque la tragedia de la guerra les hiciera perder a su familia o sus cosechas, pero no porque los altos señores feudales a los que no verían la cara en su vida dejaran de ser catalanes para pasar a ser castellanos. El concepto de nación sólo tiene sentido en un entorno en el que se puede hacer creer a la gente que se gobierna por su bien a través de unas instituciones  (ya sean éstas democráticas o dictatoriales). Es decir, la nación  es un conjunto de iguales unidos por vínculos históricos, sociales, culturales... que aspiran a gobernarse a sí mismos como pueblo consciente de serlo. En el modelo feudal, se tenía claro que la nobleza no gobernaba al resto de estamentos por el bien de estos, sino porque constituía una especie más perfecta de ser humano cuyo orden natural era el gobernar. Los campesinos tenían interiorizado que ellos no eran iguales en derechos a la nobleza. En un entorno como tal, difícilmente puede ser la pérdida de los fueros en Cataluña una derrota nacional sentida como tal por la población.

Es más, incluso aunque lo que pretenda defenderse sea la existencia de un estado totalmente independiente en Cataluña previo a la llegada de Felipe V, ello es discutible. El Principado de Cataluña no constituía un estado independiente, sino que, junto a otras regiones como Aragón o el Reino de Valencia conformaba la Corona de Aragón. Es innegable que la derogación de los fueros supuso una pérdida total de la autonomía que disfrutaba, pero antes de que ello ocurriera ya el devenir de la Corona de Aragón estaba ligado al de Castilla por ser ambas gobernados por el mismo monarca.  Por esto, quienes defienden que antes de Felipe V Cataluña era al resto de España lo mismo que pudiera serlo Francia o Inglaterra se equivocan.

¿Cataluña tenía sus propias instituciones? Cierto. ¿Cataluña tenía sus propias leyes? Cierto. ¿Cataluña disponía de su propia lengua? Cierto también. Ahora bien, Cataluña comparte con el resto de regiones españolas una serie de conexiones históricas y culturales que han existido durante siglos (cientos de años antes, incluso, de la Guerra de Sucesión) que, como hemos dicho antes, son el caldo de cultivo para una nación. Una nación integradora que, además de Cataluña, comprende al resto de España.

Niños bailando una sardana. España dejará de romperse cuando comprenda que esto es tan español como el flamenco.

lunes, 15 de octubre de 2012

La petite mort.

La guerra es la mejor escuela para el cirujano, dijo alguien en latín. Al menos en mi caso la cita se cumple no sólo para mi médica profesión, sino también para otros aspectos de la existencia, siendo la Revolución Nacional del 23 una escuela de la vida para mí, enseñándome más sobre la brutal condición humana que cualquier grueso tratado científico. En estos tiempos de paz que disfrutamos desde hace décadas gracias a la prudencia de nuestros gobernantes, a veces temo que las nuevas generaciones, habituadas a esa bestia mansa y enjaulada que es el hombre en sociedad, sean ignorantes de la verdadera naturaleza animal y depredadora que sale a la luz en tiempos de conflicto. Yo he sido testigo de la barbarie, y ya en el ocaso de mi vida quiero dejar constancia de ella para que los que están por venir la tengan muy presente a la hora de tomar decisiones importantes, ésas que determinan el devenir tanto de individuos como de naciones.

A la victoria republicana en la Batalla de Zaragoza le siguieron meses de incertidumbre. Lejos de asentar la República como una realidad firme e indiscutible, en esa época si bien la derrota absolutista fue un relevante impulso para la moral española, aún quedaban batallas por librar. En Zaragoza el Ejército Republicano aniquiló tres cuartas partes de los Hijos de San Luis, pero los quince mil supervivientes, aún dotados de capacidad operativa, se replegaron al sur de Francia para reorganizarse y golpear de nuevo. La concentración de tropas europeas fue especialmente intensa en el Rosellón, lo que dio a la República la oportunidad perfecta para recuperar el territorio cedido a Francia hacía casi dos siglos en el Tratado de los Pirineos. Así, las autoridades españolas ordenaron a nuestras fuerzas cruzar la frontera y acabar definitivamente con el enemigo allí, anexándonos la Cataluña Norte francesa en el proceso. De la campaña de reclutamiento resultante nació mi alistamiento al 3er Regimiento de Infantería de Línea "La Pepa" recién salido del Real Colegio de Cirujanos de Valencia.

Si tuviera que explicar por qué me alisté, diré que por la misma razón que en esa época motivó a muchos hacia la muerte: la estúpida idea de que la guerra era tal como la retrataban las novelas, es decir, como un romántico conflicto en el que valientes caballeros dispuestos a dar su vida con voluntariosa convicción y tenacidad protagonizan episodios frecuentes de emocionante heroísmo en pos de la defensa de la Patria y otros nobles ideales. Pronto todos comprendimos que la guerra tiene poco de idealismo, reinando en ella un pragmatismo frío y brutal que desprecia, si es necesario, las más básicas normas del honor.

No obstante, todos los rituales militares previos al combate parecen reforzar esas ilusiones literarias. A mi llegada al cuartel en la base de Gerona, donde se encontraba estacionado mi futuro regimiento, quedé deslumbrado por la disciplina, las formaciones, los uniformes y los cantos militares. Me encantaba verme a mí mismo desfilando con esos pantalones y levita azul de Prusia, con reveses de brillante dorado y bordes rojo sangre, charreteras y boina coloradas. Las miradas de admiración de los civiles al vernos marchar me inflaban el orgullo y la arrogancia, y cuando alguno de ellos reparaba en el brazalete argén que llevaba en el brazo derecho, aquél que me identificaba como cirujano del Ejército Republicano, sentía que ya podía darme por satisfecho en la vida: pocas sensaciones más sublimes que aquélla iba a sentir jamás, pensaba. 

La situación ante la batalla próxima era diferente a la de Zaragoza. Aquella vez una milicia inexperta y mal equipada se enfrentó a un ejército profesional, a personas exclusivamente entrenadas para la guerra. Entonces, esperando en la frontera norte de Cataluña para ser movilizados, seguíamos mal equipados, pero eran ya muchos quienes tenían experiencia de combate. Como un estudiante ávido de conocimiento escuchaba los relatos de antiguos obreros, banqueros y costureras que ahora ya eran valientes guerreros al servicio de la Nación e intentaba aprender de sus experiencias. Reuniéndose toda la 1ª División en La Junquera, muy cerca de la frontera con Francia, tuve oportunidad de hablar con otros cirujanos más experimentados que yo acerca de nuestra labor. Sus anécdotas de amputaciones, hemorragias y agonías en masa deberían haberme hecho sospechar que mi idílica visión de la guerra no se correspondía con la realidad, pero todo ello no hizo más que hacerme sentir importante ante el carácter vital del trabajo que los médicos allí desempeñábamos.

Tras unos días de espera, la operación comenzó. La 1ª División cruzaría la frontera y avanzaría hasta las cercanías de Perpiñán, donde se creía que se encontraba estacionado el enemigo. La 2ª División del Ejército Republicano, por otra parte, llevaba días marchando por territorio francés para rodear a los absolutistas por el norte, impidiendo la llegada de refuerzos y cortándoles el paso por si decidían huir. La marcha fue larga y dura. El fusil, las municiones de plomo, las botas de pólvora y la mochila cargada de lo indispensable sumaba alrededor de diez kilos. Yo, además, llevaba el instrumental quirúrgico: pinzas, escalpelos, tanzas de sutura, vendas, ungüentos...

Los campos nevados se extendían hasta el horizonte en las praderas francesas. Nuestra división marchaba como pequeños soldaditos de plomo en la majestuosidad argéntica de aquel paisaje. Flanqueados por los regimientos de caballería, la infantería formaba una gran columna de hombres vestidos de diferente manera según su regimiento. Los regimientos del Levante, en general, vestíamos uniformes azul oscuro con partes en dorado. Los de la Andalucía, lucían el verde con reveses en negro. Algunos regimientos leoneses iban de blanco con puños y charreteras rojas. Algo común a casi todos eran las boinas, características del ejército español tras la revolución. Así, una larga fila multicolor atravesaba el níveo paisaje.

El campo estaba sumergido en una densa neblina al amanecer, cuando nos encontrábamos a unos pocos kilómetros de la ciudad francesa. El cielo despejado no filtraba el sol, que incidía su luz sobre las pequeñas gotas de la niebla, el rocío del alba y el suelo nevado, haciéndonos marchar a través de un gran vacío blanco. Este paisaje fantasmal, pues, convertía los alrededores en un muro impenetrable a la vista más allá de unas decenas de metros.

Caminábamos en silencio, la mayoría aún medio dormidos, con los ojos cerrados y tropezando con las irregularidades del terreno. Los relinchos de los caballos y el crujido de las ruedas de los cañones eran los únicos sonidos diferentes al constante crepitar de nuestras botas contra la nieve. Por lo demás, un imperturbable silencio reinaba en aquel sitio. Un silencio que, por otra parte, parecía acentuar el frío contra el que nunca había tenido mucha resistencia. Yo apretaba la mandíbula con fuerza, no deseaba que mis camaradas me vieran tiritar y, ante la batalla a la que nos dirigíamos, tuvieran ideas equivocadas de mi valor. Pero se hacía difícil evitar temblar, incluso llevando puesto el grueso poncho de lana que había traído de casa: el rocío parecía atravesarlo como si fuera de papel. Mis manos pálidas y heladas se aferraban al fusil maldiciendo no poder abrigarse entre mis ropajes junto al resto del cuerpo.

No podíamos estar muy lejos de la ciudad. No mucho, al menos. Cuando desmontamos el campamento quedaban unas horas de viaje que la noche anterior los mandos habían decidido posponer hasta el día siguiente para llegar frescos a Perpiñán. Aunque más que el tiempo que tardaríamos en llegar, comenzaba a preocuparme el tiempo bajo el que tendríamos que combatir: el frío quizá desaparecería al entrar en calor con los primeros disparos, pero ¿cómo dispararíamos sin poder ver ni la punta de los mosquetes? Posar la vista sobre la niebla era contemplar extrañas siluetas y formas que despertaban nuestra inquietud. Lo que parecía un explorador enemigo sobre una colina se revelaba al acercarse como un simple árbol, y una línea erizada de bayonetas que se observaba a la distancia resultaba ser luego los limites vallados de un campo de cultivo. Intenté calmarme. Ellos no iban a arriesgarse a jugar al gato y al ratón entre la neblina: si nosotros no veíamos un pimiento, ellos tampoco. Todos los informes decían que nos esperarían en Perpiñán. No había razones para pensar lo contrario.

Y sin embargo, aún años después de aquel día me sigo preguntando si alguna de aquellas visiones a la distancia no sería, en efecto, algún explorador de los que delataron nuestra posición al enemigo.

Un estruendo recorrió el valle, y el ruido de los caballos, los cañones y las pisadas pareció silenciarse repentinamente. Horrendos zumbidos apagados, ese ruido característico de la bala al encontrar la carne, comenzaron a brotar a mi alrededor y decenas de hombres se desplomaron entre lamentos. Nuestro contingente respondió rápidamente con gritos y órdenes confusas. Una nueva estampida de fusiles precedió a una descarga que volvió a sembrar el campo de desgraciados. A mi izquierda, un fusilero se encogió y se llevó las manos al vientre, cayendo de rodillas con una expresión de incredulidad en el rostro. A unos metros al frente, dos disparos habían impactado sobre la cara de un artillero, convirtiéndosela en un amasijo de carne del que se proyectaban tentáculos de hueso, pelo y piel. Sus intentos de gritar hacían brotar burbujas de sangre de aquel horror. Caballos desbocados montados por jinetes muertos galopaban en todas direcciones, atropellando a quienes se interpusieran y pasando por encima de los moribundos. En tal situación, ver a los oficiales gritar órdenes con la pretensión de restaurar la disciplina resultaba casi ridículo. Los soldados corrían de un lado a otro buscando cobertura, a veces detrás de compañeros vivos. Pero los disparos habían provenido de todas direcciones, y la cantidad de heridos en el suelo era tan grande que tropezábamos con ellos o los pisábamos, sumando chillidos y gritos al alboroto. El desorden y la visibilidad tan pobre hacían imposible cualquier intento calmado de responder el fuego o protegerse de él.

Estando rodeado de heridos, no sabía dónde comenzar a hacer mi trabajo. En los entrenamientos solíamos arrastrar a un soldado que, con motivo de la instrucción, fingía haber sido alcanzado por los disparos. En teoría, debíamos elegir a los heridos por orden de rango, y luego moverlos hasta un sitio seguro, lejos del fuego enemigo, para poder intervenirle. Solíamos hacer las prácticas en campos de entrenamientos donde la infantería que nos disparaba eran líneas de maniquíes de madera, los árboles estaban estratégicamente colocados para cubrirnos de ellos y el paciente se dejaba mover dócilmente sin dar más que un par de gritos de dolor mal fingidos que a veces acababan en carcajada. En el campo de batalla comprendí que las cosas ocurrían de manera diferente. Para empezar, con aquella niebla todos los cuerpos tendidos eran igual de inidentificables. Me vi caminando entre ellos buscando un oficial mientras me desprendía de los brazos de los fusileros caídos que me rogaban ayuda: "¡sácame de aquí, hijo de puta, no me dejes!", "¡eres médico, cabrón, me voy a morir!". Tras vagar durante medio minuto encogiéndome ante las descargas del enemigo (las balas repicaban a mi alrededor, rematando a los moribundos y produciendo otros nuevos), encontré un sargento tendido boca arriba con los pantalones y el hombro manchados de sangre. Rápidamente le cogí de los correajes y comencé a arrastrarle, pero pronto comprendí que no tenía ni idea de hacia dónde me estaba moviendo. De hecho, me percaté entonces de que no estaba sobre la carretera por la que la división se desplazaba, de que no sabía dónde ésta estaba; ni siquiera sabía en qué dirección estaba España o Perpiñán. En los cinco o seis metros a mi alrededor que mi vista podía observar, sólo había un lecho uniforme de cuerpos que se retorcían. Miré de nuevo al sargento que tenía cogido y vi que tenía la vista fija en la nada. Lo zarandeé un poco y no reaccionó. El instinto de conservación comenzó a susurrarme al oído que soltara aquel cadáver, que me deshiciera de mi mochila para correr más rápido, que mandara a tomar por culo a los heridos (por los que poco podía hacerse en aquellas circunstancias) y huyera hacia cualquier sitio como un moro ante una bañera antes de que me pegaran un tiro.