lunes, 15 de octubre de 2012

La petite mort.

La guerra es la mejor escuela para el cirujano, dijo alguien en latín. Al menos en mi caso la cita se cumple no sólo para mi médica profesión, sino también para otros aspectos de la existencia, siendo la Revolución Nacional del 23 una escuela de la vida para mí, enseñándome más sobre la brutal condición humana que cualquier grueso tratado científico. En estos tiempos de paz que disfrutamos desde hace décadas gracias a la prudencia de nuestros gobernantes, a veces temo que las nuevas generaciones, habituadas a esa bestia mansa y enjaulada que es el hombre en sociedad, sean ignorantes de la verdadera naturaleza animal y depredadora que sale a la luz en tiempos de conflicto. Yo he sido testigo de la barbarie, y ya en el ocaso de mi vida quiero dejar constancia de ella para que los que están por venir la tengan muy presente a la hora de tomar decisiones importantes, ésas que determinan el devenir tanto de individuos como de naciones.

A la victoria republicana en la Batalla de Zaragoza le siguieron meses de incertidumbre. Lejos de asentar la República como una realidad firme e indiscutible, en esa época si bien la derrota absolutista fue un relevante impulso para la moral española, aún quedaban batallas por librar. En Zaragoza el Ejército Republicano aniquiló tres cuartas partes de los Hijos de San Luis, pero los quince mil supervivientes, aún dotados de capacidad operativa, se replegaron al sur de Francia para reorganizarse y golpear de nuevo. La concentración de tropas europeas fue especialmente intensa en el Rosellón, lo que dio a la República la oportunidad perfecta para recuperar el territorio cedido a Francia hacía casi dos siglos en el Tratado de los Pirineos. Así, las autoridades españolas ordenaron a nuestras fuerzas cruzar la frontera y acabar definitivamente con el enemigo allí, anexándonos la Cataluña Norte francesa en el proceso. De la campaña de reclutamiento resultante nació mi alistamiento al 3er Regimiento de Infantería de Línea "La Pepa" recién salido del Real Colegio de Cirujanos de Valencia.

Si tuviera que explicar por qué me alisté, diré que por la misma razón que en esa época motivó a muchos hacia la muerte: la estúpida idea de que la guerra era tal como la retrataban las novelas, es decir, como un romántico conflicto en el que valientes caballeros dispuestos a dar su vida con voluntariosa convicción y tenacidad protagonizan episodios frecuentes de emocionante heroísmo en pos de la defensa de la Patria y otros nobles ideales. Pronto todos comprendimos que la guerra tiene poco de idealismo, reinando en ella un pragmatismo frío y brutal que desprecia, si es necesario, las más básicas normas del honor.

No obstante, todos los rituales militares previos al combate parecen reforzar esas ilusiones literarias. A mi llegada al cuartel en la base de Gerona, donde se encontraba estacionado mi futuro regimiento, quedé deslumbrado por la disciplina, las formaciones, los uniformes y los cantos militares. Me encantaba verme a mí mismo desfilando con esos pantalones y levita azul de Prusia, con reveses de brillante dorado y bordes rojo sangre, charreteras y boina coloradas. Las miradas de admiración de los civiles al vernos marchar me inflaban el orgullo y la arrogancia, y cuando alguno de ellos reparaba en el brazalete argén que llevaba en el brazo derecho, aquél que me identificaba como cirujano del Ejército Republicano, sentía que ya podía darme por satisfecho en la vida: pocas sensaciones más sublimes que aquélla iba a sentir jamás, pensaba. 

La situación ante la batalla próxima era diferente a la de Zaragoza. Aquella vez una milicia inexperta y mal equipada se enfrentó a un ejército profesional, a personas exclusivamente entrenadas para la guerra. Entonces, esperando en la frontera norte de Cataluña para ser movilizados, seguíamos mal equipados, pero eran ya muchos quienes tenían experiencia de combate. Como un estudiante ávido de conocimiento escuchaba los relatos de antiguos obreros, banqueros y costureras que ahora ya eran valientes guerreros al servicio de la Nación e intentaba aprender de sus experiencias. Reuniéndose toda la 1ª División en La Junquera, muy cerca de la frontera con Francia, tuve oportunidad de hablar con otros cirujanos más experimentados que yo acerca de nuestra labor. Sus anécdotas de amputaciones, hemorragias y agonías en masa deberían haberme hecho sospechar que mi idílica visión de la guerra no se correspondía con la realidad, pero todo ello no hizo más que hacerme sentir importante ante el carácter vital del trabajo que los médicos allí desempeñábamos.

Tras unos días de espera, la operación comenzó. La 1ª División cruzaría la frontera y avanzaría hasta las cercanías de Perpiñán, donde se creía que se encontraba estacionado el enemigo. La 2ª División del Ejército Republicano, por otra parte, llevaba días marchando por territorio francés para rodear a los absolutistas por el norte, impidiendo la llegada de refuerzos y cortándoles el paso por si decidían huir. La marcha fue larga y dura. El fusil, las municiones de plomo, las botas de pólvora y la mochila cargada de lo indispensable sumaba alrededor de diez kilos. Yo, además, llevaba el instrumental quirúrgico: pinzas, escalpelos, tanzas de sutura, vendas, ungüentos...

Los campos nevados se extendían hasta el horizonte en las praderas francesas. Nuestra división marchaba como pequeños soldaditos de plomo en la majestuosidad argéntica de aquel paisaje. Flanqueados por los regimientos de caballería, la infantería formaba una gran columna de hombres vestidos de diferente manera según su regimiento. Los regimientos del Levante, en general, vestíamos uniformes azul oscuro con partes en dorado. Los de la Andalucía, lucían el verde con reveses en negro. Algunos regimientos leoneses iban de blanco con puños y charreteras rojas. Algo común a casi todos eran las boinas, características del ejército español tras la revolución. Así, una larga fila multicolor atravesaba el níveo paisaje.

El campo estaba sumergido en una densa neblina al amanecer, cuando nos encontrábamos a unos pocos kilómetros de la ciudad francesa. El cielo despejado no filtraba el sol, que incidía su luz sobre las pequeñas gotas de la niebla, el rocío del alba y el suelo nevado, haciéndonos marchar a través de un gran vacío blanco. Este paisaje fantasmal, pues, convertía los alrededores en un muro impenetrable a la vista más allá de unas decenas de metros.

Caminábamos en silencio, la mayoría aún medio dormidos, con los ojos cerrados y tropezando con las irregularidades del terreno. Los relinchos de los caballos y el crujido de las ruedas de los cañones eran los únicos sonidos diferentes al constante crepitar de nuestras botas contra la nieve. Por lo demás, un imperturbable silencio reinaba en aquel sitio. Un silencio que, por otra parte, parecía acentuar el frío contra el que nunca había tenido mucha resistencia. Yo apretaba la mandíbula con fuerza, no deseaba que mis camaradas me vieran tiritar y, ante la batalla a la que nos dirigíamos, tuvieran ideas equivocadas de mi valor. Pero se hacía difícil evitar temblar, incluso llevando puesto el grueso poncho de lana que había traído de casa: el rocío parecía atravesarlo como si fuera de papel. Mis manos pálidas y heladas se aferraban al fusil maldiciendo no poder abrigarse entre mis ropajes junto al resto del cuerpo.

No podíamos estar muy lejos de la ciudad. No mucho, al menos. Cuando desmontamos el campamento quedaban unas horas de viaje que la noche anterior los mandos habían decidido posponer hasta el día siguiente para llegar frescos a Perpiñán. Aunque más que el tiempo que tardaríamos en llegar, comenzaba a preocuparme el tiempo bajo el que tendríamos que combatir: el frío quizá desaparecería al entrar en calor con los primeros disparos, pero ¿cómo dispararíamos sin poder ver ni la punta de los mosquetes? Posar la vista sobre la niebla era contemplar extrañas siluetas y formas que despertaban nuestra inquietud. Lo que parecía un explorador enemigo sobre una colina se revelaba al acercarse como un simple árbol, y una línea erizada de bayonetas que se observaba a la distancia resultaba ser luego los limites vallados de un campo de cultivo. Intenté calmarme. Ellos no iban a arriesgarse a jugar al gato y al ratón entre la neblina: si nosotros no veíamos un pimiento, ellos tampoco. Todos los informes decían que nos esperarían en Perpiñán. No había razones para pensar lo contrario.

Y sin embargo, aún años después de aquel día me sigo preguntando si alguna de aquellas visiones a la distancia no sería, en efecto, algún explorador de los que delataron nuestra posición al enemigo.

Un estruendo recorrió el valle, y el ruido de los caballos, los cañones y las pisadas pareció silenciarse repentinamente. Horrendos zumbidos apagados, ese ruido característico de la bala al encontrar la carne, comenzaron a brotar a mi alrededor y decenas de hombres se desplomaron entre lamentos. Nuestro contingente respondió rápidamente con gritos y órdenes confusas. Una nueva estampida de fusiles precedió a una descarga que volvió a sembrar el campo de desgraciados. A mi izquierda, un fusilero se encogió y se llevó las manos al vientre, cayendo de rodillas con una expresión de incredulidad en el rostro. A unos metros al frente, dos disparos habían impactado sobre la cara de un artillero, convirtiéndosela en un amasijo de carne del que se proyectaban tentáculos de hueso, pelo y piel. Sus intentos de gritar hacían brotar burbujas de sangre de aquel horror. Caballos desbocados montados por jinetes muertos galopaban en todas direcciones, atropellando a quienes se interpusieran y pasando por encima de los moribundos. En tal situación, ver a los oficiales gritar órdenes con la pretensión de restaurar la disciplina resultaba casi ridículo. Los soldados corrían de un lado a otro buscando cobertura, a veces detrás de compañeros vivos. Pero los disparos habían provenido de todas direcciones, y la cantidad de heridos en el suelo era tan grande que tropezábamos con ellos o los pisábamos, sumando chillidos y gritos al alboroto. El desorden y la visibilidad tan pobre hacían imposible cualquier intento calmado de responder el fuego o protegerse de él.

Estando rodeado de heridos, no sabía dónde comenzar a hacer mi trabajo. En los entrenamientos solíamos arrastrar a un soldado que, con motivo de la instrucción, fingía haber sido alcanzado por los disparos. En teoría, debíamos elegir a los heridos por orden de rango, y luego moverlos hasta un sitio seguro, lejos del fuego enemigo, para poder intervenirle. Solíamos hacer las prácticas en campos de entrenamientos donde la infantería que nos disparaba eran líneas de maniquíes de madera, los árboles estaban estratégicamente colocados para cubrirnos de ellos y el paciente se dejaba mover dócilmente sin dar más que un par de gritos de dolor mal fingidos que a veces acababan en carcajada. En el campo de batalla comprendí que las cosas ocurrían de manera diferente. Para empezar, con aquella niebla todos los cuerpos tendidos eran igual de inidentificables. Me vi caminando entre ellos buscando un oficial mientras me desprendía de los brazos de los fusileros caídos que me rogaban ayuda: "¡sácame de aquí, hijo de puta, no me dejes!", "¡eres médico, cabrón, me voy a morir!". Tras vagar durante medio minuto encogiéndome ante las descargas del enemigo (las balas repicaban a mi alrededor, rematando a los moribundos y produciendo otros nuevos), encontré un sargento tendido boca arriba con los pantalones y el hombro manchados de sangre. Rápidamente le cogí de los correajes y comencé a arrastrarle, pero pronto comprendí que no tenía ni idea de hacia dónde me estaba moviendo. De hecho, me percaté entonces de que no estaba sobre la carretera por la que la división se desplazaba, de que no sabía dónde ésta estaba; ni siquiera sabía en qué dirección estaba España o Perpiñán. En los cinco o seis metros a mi alrededor que mi vista podía observar, sólo había un lecho uniforme de cuerpos que se retorcían. Miré de nuevo al sargento que tenía cogido y vi que tenía la vista fija en la nada. Lo zarandeé un poco y no reaccionó. El instinto de conservación comenzó a susurrarme al oído que soltara aquel cadáver, que me deshiciera de mi mochila para correr más rápido, que mandara a tomar por culo a los heridos (por los que poco podía hacerse en aquellas circunstancias) y huyera hacia cualquier sitio como un moro ante una bañera antes de que me pegaran un tiro.

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