viernes, 23 de noviembre de 2012

Uruguayo: tu patria es un cuento.

Si eres español este artículo te resultará interesante. Si sos uruguayo te conviene leer este artículo para que no te agarren de gil.

A principios del siglo XIX, Napoleón pretendía el dominio absoluto sobre Europa central y occidental. En su camino, como le ha ocurrido a todas las naciones europeas a lo largo de toda la historia siempre que han querido conquistar el mundo, estaba el Reino Unido. Siendo imposible para Bonaparte hacerle un bloqueo naval a los ingleses (la armada francesa quedó muy mermada tras la derrota francoespañola en Gibraltar), el Emperador de los Franceses decidió que si Mahoma no iba a la montaña, la montaña iría a Mahoma: se propuso bloquear todos los puertos europeos a naves inglesas. Dada la magnitud del plan, esto puede parecer una locura, pero estuvo a punto de conseguirlo; sólo faltaba bloquear los puertos portugueses (aliados del Reino Unido) para cerrarle las puertas del comercio europeo a Gran Bretaña. Invadir Portugal  por el mar era imposible dado el poder de la Royal Navy, así que la única manera de hacerlo era a través de España. Napoleón se reunió con el Rey de España y le pidió permiso para que las tropas imperiales cruzaran España para llegar a Portugal (Tratado de Fontainebleau, 1807). A cambio, España obtendría una parte del territorio portugués conquistado. Lo que nadie le avisó al rey español fue que Napoleón, además de querer dominar Portugal, pretendía que sus tropas entraran en España y se quedaran allí para siempre. El rey Fernando VII de España, en una muestra de sublime patriotismo, viajó a Bayona, donde estaba Napoleón, le dio una patada a la puerta de su despacho, se plantó frente a él y... le entregó la corona de España y le pidió que lo adoptara (tal como suena).

¿Quién podía imaginar tras ver este cuadro que en ese mundo que Napoleón pretendía conquistar también se incluía a España? El Rey no tenía forma de preverlo. Ja-ja.

Mientras tanto, el pueblo español desató una guerra contra el francés al creer que su monarca, en lugar de ser una rata inmunda, estaba secuestrado por Bonaparte en Bayona. Así, ante la ausencia de Fernando VII, se creó un consejo de regencia, la Junta Suprema Central, que tenía la labor de gobernar mientras no estuviera el rey. Ahora bien, por ese entonces España no tenía el tamaño que tiene ahora, sino que abarcaba, además del territorio peninsular, todos los virreinatos americanos, que se corresponden en la actualidad con toda Latinoamérica. Así, entre la población autóctona de las colonias sudacas surgió un dilema político importante: si el rey no estaba, ¿debían las colonias reconocer la autoridad de la Junta Suprema Central (residente en España e integrada mayoritariamente por españoles peninsulares) o crear sus propias juntas de gobierno para conducirse ellos mismos? Este dilema, resumiendo mucho las cosas, fue el punto de partida para la futura independencia de América Latina.

Sería estúpido pensar que la independencia de las colonias americanas españolas sólo tiene como causa la huida de Fernando VII. Como he comentado otras veces, todos los grandes procesos históricos suelen encontrar fundamento en las complejas relaciones económicas que los agentes sociales establecen entre sí, y esta ocasión no es una excepción: nos encontramos en la Sudamérica colonial tardía una interesante coyuntura muy relacionada con las luchas de clases existentes en la Europa de ese momento. Hablemos de esto.

Como explico en publicaciones anteriores, el fin del Antiguo Régimen feudal ocurrió en gran parte por el acceso de la burguesía al poder político tras acumular en los siglos anteriores un poder económico tal que el funcionamiento de los estados occidentales dependía de dinero burgués (sí, más o menos igual que ahora). En Sudamérica, esta burguesía cuya influencia está en aumento se encuentra representada por la figura del criollo: el descendiente de españoles que, habiendo nacido en las colonias, no se sentían especialmente vinculados a la metrópoli como los nacidos en la Península. La burguesía criolla acabó viendo en el dominio colonial español una traba para su enriquecimiento: el comercio en los virreinatos americanos estaba gravado con pesados impuestos con el fin de explotar la riqueza de las colonias en beneficio de la España peninsular. Además, las relaciones internacionales de España solían afectar negativamente a los negocios criollos: era imposible para ellos comerciar con países como el Reino Unido porque, aún siendo beneficioso para ambas partes, España no lo permitía por estar en guerra con los ingleses. Resumiendo: el dominio español sobre las colonias americanas era una enorme molestia para el afán de enriquecimiento de la pujante burguesía criolla, que por otra parte tampoco podía optar a cambiar las cosas desde la política porque todo el poder de las instituciones coloniales estaba a cargo de funcionarios que sólo podían ser nacidos en España, a quien debían lealtad ante todo.

Por esta razón las ideas de la Ilustración (que, recordemos, defendían el libre mercado y el dominio político de la burguesía) arraigaron tan bien entre los criollos americanos. Habiendo condiciones económicas favorables a la revolución burguesa inminente (la clase social económicamente dominante no está contenta con el sistema político) y un cuerpo ideológico que guíe el proceso e involucre a las masas (la Ilustración), sólo bastaba la chispa circunstancial que encendiera la hoguera. Dicha chispa fue, volviendo al principio, la cobardía sumisa del Rey Fernando al huir de España, brindándole a los criollos la excusa perfecta para arrebatar el poder a los representantes españoles en las colonias.

Así, ante el dilema que planteaba al inicio del artículo, los criollos optaron por la decisión que más convenía a sus intereses: no reconocer a la Junta Suprema Central española ni a los virreyes de España en América. Para guardar las apariencias y legitimar su rebeldía, los patriotas americanos se pusieron lo que en la historiografía se conoce como "la máscara de Fernando VII": los acaudalados americanos razonaban que a quien debían lealtad era al Rey de España, no al pueblo de España. Al desaparecer del mapa el rey, la soberanía retornaba a las colonias, por los que no se sentían obligados a someterse a una institución creada por el pueblo español (la Junta Suprema Central) a la que nada los unía. De hecho, durante muchos años los independentistas americanos pretendieron crear estados independientes pero monárquicos, con Fernando VII como rey. Ante la negativa de Fernando se consideró la posibilidad de pedírselo a otros (su prima Carlota estuvo cerca de ser la reina de Argentina), pero el rechazo de cualquier príncipe europeo a aceptar la corona de un estado revolucionario los obligó a que, al redactar la Constitución, la mayoría optara por el modelo republicano (una importante excepción fue el Imperio Mexicano).

Fernando VII con su habitual cara de infame traidor orgulloso de serlo. Que la bandera argentina sea igual que la banda real borbónica no es casualidad, sino que forma parte de la mascarada: tanto revolucionarios como realistas decían luchar en nombre del rey.

En el Virreinato del Río de la Plata, la revolución se extendió desde Buenos Aires al interior argentino con razonable éxito. Ante el peligro que corrían sus vidas, el virrey y su corte de funcionarios leales a España huyeron a Montevideo, donde se atrincheraron esperando refuerzos de la Península (unos refuerzos que jamás llegarían por la guerra que se libraba en España contra los franceses). El gobierno bonaerense consideró necesario enviar una expedición a la Banda Oriental (actual Uruguay) que acabase con las fuerzas españolas. Esta expedición se encontraba comandada por el general José Gervasio Artigas. Aunque Artigas es reconocido hoy en día en Uruguay como el Padre de la Patria, lo cierto es que él no deseaba en absoluto la independencia uruguaya, sino la integración de la Provincia Oriental en una Liga Federal que agrupara al resto de provincias argentinas. Es más, el gobernador de Buenos Aires llegó a ofrecerle a Artigas la independencia de la Banda Oriental (le convenía deshacerse de la influencia de un caudillo federalista como Artigas) y éste lo rechazó indignado: Artigas quería que el futuro Uruguay formara un solo estado federal con lo que hoy es Argentina.

Los españoles, ante el ingreso de Artigas en la Banda Oriental (1811), decidieron pedir ayuda a los portugueses, pues era para España preferible perder un territorio en favor de una monarquía absoluta como Portugal que hacerlo en favor de los independentistas, lo que podría alentar otros movimientos revolucionarios en América. Así es como los portugueses envían sus tropas a la Banda Oriental, rompiendo el asedio que Artigas había puesto sobre Montevideo y barriéndolo a él y a su ejército de la zona (lo que vino a llamarse luego "éxodo del pueblo oriental"). Así, Portugal se anexa la Banda Oriental nombrándola "Provincia Cisplatina". De esta manera empieza una guerra entre Portugal (que en unos pocos años pasaría a ser ya el independiente Imperio del Brasil) y las Provincias Unidas del Río de la Plata (el estado por el que luchaba Artigas, que más tarde sería renombrado como República Argentina). En esta guerra se disputaba el control sobre la Banda Oriental y el Río de la Plata. Como mediador entre ambos países estaba el Reino Unido, con fuertes intereses comerciales sobre la zona. Por esto es natural encontrarse con que en la Convención Preliminar de Paz de 1828 que buscaba poner fin a la guerra, el Imperio Británico logra que en el tratado de paz se incluyan cláusulas favorables a sus intereses: la Banda Oriental no sería ni de Brasil ni de las Provincias Unidas, sino un nuevo estado independiente (el Estado Oriental del Uruguay, más tarde República Oriental del Uruguay). De esta manera los ingleses se aseguraron que los argentinos no tuvieran un control absoluto del Río de la Plata (pues éste pasaba a ser limítrofe entre Uruguay y Argentina) sin necesidad de entregárselo a Brasil. Siendo el Uruguay un pequeño estado tapón que los británicos podrían manipular como se les antojase, Inglaterra tenía asegurada la libre navegación por el Plata, lo cual le abría las puertas al interior de América del Sur para colocar sus productos. El artífice de esta hermosa y astuta maniobra diplomática fue Lord Ponsomby, representante de Su Majestad Británica en el antiguo Virreinato español. Así explicaba Ponsomby a sus superiores lo conveniente de su intervención en la Convención Preliminar de Paz:
"Los intereses y la seguridad del comercio británico, serían grandemente aumentados en un Estado en que los gobernantes cultivaran una amistad por Inglaterra. La Banda Oriental contiene la llave del Plata y de Sud América, debemos perpetuar una división geográfica de Estados que beneficie a Inglaterra. Por largo tiempo los orientales no tendrán marina y no tendrán la posibilidad de impedir el comercio inglés".
 De todo esto, habiendo nacido en la República Oriental, saco una conclusión interesante: no existían diferencias culturales e históricas suficientes como para justificar la independencia del Uruguay respecto a la Argentina. Todos los movimientos revolucionarios publicitados en Uruguay como pasos hacia la emancipación de la nación (la campaña de Artigas, el desembarco de los Treinta y Tres Orientales, la Declaración de la Independencia de 1825...) no tenían como objetivo conseguir la independencia de la Banda Oriental, sino su anexión a la futura República Argentina de la que jamás debería haberse separado. Miremos un fragmento de la mal llamada declaratoria de la independencia uruguaya:

"La Honorable Sala de Representantes de la Provincia Oriental del Río de la Plata, en virtud de la soberanía ordinaria y extraordinaria que legalmente reviste, para resolver y sancionar todo cuanto tienda á la felicidad de ella, declara: que su voto general, constante, solemne y decidido, es y debe ser por la unión con las demás Provincias Argentinas, á que siempre perteneció por los vínculos más sagrado que el mundo conoce. Por tanto ha sancionado y decreta por ley fundamental la siguiente:
Queda la Provincia Oriental del Río de la Plata unida á las demás de este nombre en el territorio de Sud América, por ser la libre y espontánea voluntad de los pueblos que la componen, manifestada en testimonios irrefragables y esfuerzos heroicos desde el primer periodo de la regeneración política de dichas Provincias"
La fundación de Uruguay como estado independiente no fue producto de un largo proceso de lucha contra los Imperios español y portugués (esta lucha fue, en cualquier caso, para liberar a la Banda Oriental de dichos imperios e incorporarla al resto de la Argentina), sino que el Uruguay nació debido a una casualidad histórica: lo beneficiosa que resultaba su creación para los intereses británicos en la zona.

En todas las aulas de las escuelas públicas uruguayas hay un cuadro de Blanes en el que se ilustra a Artigas en las puertas de la muralla de Montevideo para inculcar a los infantes la importancia del Prócer en la independencia de la nación. Si vamos a la Historia verdadera, la que no es bonita pero es real, lo que debería haber en las aulas es un retrato de Lord Ponsomby, verdadero fundador del Uruguay. Es triste, porque Ponsomby, como se ve en la imagen de abajo, tiene poca pinta de uruguayo con la piel pálida, las mejillas sonrojadas y esas medallas militares que hasta es posible que no las haya robado sino ganado por méritos propios.

El Padre de la Patria Uruguaya, un inglés. Ni en mis peores pesadillas podría haber imaginado algo tan horrendo como esto.

Al igual que ocurre hoy en día en Cataluña, aunque el nacionalismo uruguayo no tenga mucho fundamento histórico (tuvo que crearse rápido y mal para que no pareciera que se trataba de un capricho inglés, y hoy en día se vertebra sobre algo tan trivial como el fútbol), lo cierto es que en la actualidad Uruguay constituye una nación con rasgos propios que, aún teniendo infinitud de similitudes con la Nación Argentina, se ha diferenciado como un ente social autónomo. En mi opinión, por todo lo que he dicho Uruguay debería unirse en confederación con el resto de provincias argentinas. Curiosamente, gracias a esas peculiaridades uruguayas que han nacido con el paso del tiempo, si llego a gritar eso en voz alta en el centro de Montevideo me faltaría cuerpo para encajar todos los navajazos que me lloverían por doquier. ¡Arriba Uruguay!

2 comentarios:

  1. Buen artículo, lamentablemente en Uruguay se siguen insuflando argumentos estériles sobre "la independencia" en todas las escuelas, en los actos políticos, en eventos sociales, en fechas "patrias" y en cualquier otro lugar u ocasión pública. Es que ya lo decía Stalin: "una mentira repetida mil veces se transforma en verdad".

    Se me hace que hay un error sintáctico en la siguiente expresión del 6º párrafo: "...los acaudalados americanos razonaban que a quienes debían lealtad era el Rey de España...".

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  2. Corregido. No importa cuantas veces relea lo que escribo, siempre se me cuela algún fallo. Gracias por el aviso.

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