miércoles, 5 de diciembre de 2012

La batalla de Las Piedras, parte primera.

Mientras dirigía su caballo hacia la colina recortada en el horizonte, el teniente Aosta recordaba, nostálgico, sus lecturas juveniles en el palacete familiar de Buenos Aires. Echado bajo el sauce del patio, mientras las criadas lavaban las ropas en la palangana y sus hermanos menores corrían de allá para acá, el joven oficial, aún un niño de catorce años, leía con fascinación casi religiosa el magacín francés "Journal de la guerre", publicado trimestralmente, que llegaba hasta el Río de la Plata tras una larga travesía por el Atlántico. La revista describía, a medio camino entre lo técnico y lo literario, las batallas y hazañas bélicas más famosas de la historia, desde los espartanos de las Termópilas hasta las órdenes del petit caporal en Austerlitz, desde las campañas de Escipión, el Africano, hasta el choque de religiones frente a Lepanto. Aunque le avergonzaba reconocerlo, aquellos relatos tan alejados de la realidad, carentes de la desesperación, el horror y el miedo de la guerra real, sustituidos por cuentos sobre el honor, la gloria y la valentía heroica, habían tenido una influencia importante en Aosta al decidir enrolarse en la Academia de Mandos del Real Ejército de las Indias Occidentales. De no haber sido por el Journal de la guerre, aquel argentino habría dedicado su vida, probablemente, a las mismas rutinas de despacho en el negocio paterno que acabaron envolviendo a sus hermanos, en lugar de remontar colinas a caballo para otear el paisaje antes de que una batalla lo transformara para siempre, que es precisamente lo que se disponía a hacer aquella mañana del 18 de mayo de 1811.

Para entonces ya habían pasado muchos años desde las tardes bajo el sauce leyendo relatos fantasiosos. Toda la ingenuidad que llevaba consigo antes de la experiencia que adquiriría después fue muriendo progresivamente con cada batalla en la que participó. Las numerosas veces en las que arriesgó el pellejo ante el enemigo le fueron dotando poco a poco de esa dolorosa lucidez de aquellos que, en lugar de morirse, desafían a la estadística manteniéndose con vida tras haber estado bajo fuego o bailando entre estocadas en varias ocasiones. Todas aquellas vivencias irían templando, con el tiempo, las ilusiones de una juventud tranquila para convertirlas en certezas de un hombre consciente de la naturaleza brutal de la guerra.

Poco después de graduarse en el año 10, ocurrieron los sucesos de mayo en Buenos Aires. La burguesía porteña, harta de las imposiciones fiscales de la metrópoli y entusiasmada por las ideas ilustradas que viajaban clandestinamente desde una Europa que hervía en pasiones revolucionarias, se alzó en armas contra España; primero jurando fidelidad al Rey, más tarde defendiendo enardecidamente proclamas republicanas. El teniente Aosta, oficial culto y con unas cuantas lecturas traídas del Viejo Continente (no sólo relatos bélicos, sino también los obligados ensayos de Montaigne, Rousseau y Voltaire que todos los jóvenes intelectuales con ganas de presumir en el ateneo debían haber leído), no tardó en ofrecerse al ejército revolucionario en el cabildo abierto y con la voz en alto para que todos, sobre todo las hijas de buena familia allí presentes, pudieran admirarle. Las circunstancias favorecían los delirios de Aosta: era miembro de un movimiento idealista dispuesto a emancipar al pueblo a la luz de la Razón, rompiendo las herrumbrosas cadenas del dominio español para conseguir la ansiada Libertad, la deidad venerada de los nuevos tiempos. En sus ensueños, el oficial burgués se imaginaba destacando como brillante estratega entre sus iguales y asegurándose la gloria y el registro de su nombre en los heroicos anales de la Patria naciente. El teniente, durante los angustiosos dias en los que esperaba la orden de movilización del Directorio de las Provincias Unidas, esperaba ansioso poder comandar esas geométricamente bellas formaciones de cientos de hombres uniformados y disciplinados para seguir sus órdenes con rigor marcial, tal como se ilustraba en el magacín francés. El mozo porteño se sentía, cuando ya subía al coche tirado por caballos que lo transportaría a la frontera de Entre Ríos y la Banda Oriental, absolutamente satisfecho con el destino que creía tener por delante.

El golpe contra la realidad fue duro. En lugar de un futuro de honores, laureles y el amor de sus subalternos, lo que le esperaba al otro lado del río Uruguay fue una partida de gauchos sucios, con la melena greñuda y las ropas raídas, mugrientas y malolientes. Además de analfabetos, aquellos ¿hombres? parecían orgullosos de su miserable ignorancia, indómitos ante el que consideraban un señorito de la capital que no sabía nada sobre la vida y la guerra, algo en lo que, a pesar de todo, acertaban. Aquellos sujetos, más que soldados, eran matones pagados por Buenos Aires. Mercenarios. Vándalos. Contrabandistas. Ladrones de ganado y de mujeres, faltos de cualquier sentido del honor personal, la Patria, la solidaridad o la vergüenza. Indisciplinados por naturaleza, el teniente Aosta no tardó en comprender que la ortodoxia militar no tendría cabida al trabajar con los gauchos. ¿Formaciones? ¿Descargas de línea? Imposible. Esperar que mantuvieran un orden cerrado mientras les llovía plomo de mosquete era una estupidez: antes se matarían unos a otros para usarse como escudos humanos que permanecer quietos (como abombaos, dirían ellos), mientras veían desplomarse hombres a su alrededor. Si inalcanzable era que mantuvieran el orden al recibir los disparos, no era mucho más plausible que lo hicieran para realizarlos. El nerviosismo y la cólera propios de la batalla harían imposible que esperaran una orden para disparar; antes se pondrían a pegar tiros a diestra y siniestra sin coordinación alguna como si fueran simios armados. Pero aunque esta coordinación existiera, la carencia de armas de fuego entre ellos impediría que actuasen como la infantería de línea de verdad, la europea. El facón reemplazaba al mosquete (que pocos sabrían utilizar) entre los gauchos, a los que no podía negárseles, no obstante, una habilidad excepcional para destriparse unos a otros sin necesidad de una razón de peso. Así, esta disposición a la matanza colérica e irracional los hacía, a pesar de todo, particularmente buenos para las cargas, algo fácil de deducir si uno imagina a esta horda de bárbaros con los ojos desorbitados e inyectados en sangre, la mandíbula desencajada, boca abierta con espuma en las comisuras y saliva precipitándose al frente con cada rugido animalesco, con el facón en alto y empujándose unos a otros al cargar, intentando reservarse a los soldados con dientes de oro, anillos u otros objetos de valor para más tarde ganarse unas monedas vendiéndolos en la pulpería local, mientras limpiaban los restos de sangre y sesos del cuchillo pasando el filo por el vestido de la prostituta que tenían sentada en la falda.

Ya casi llegando a la cima de la colina, Aosta se preguntaba cómo habían sido convencidos por el general Artigas los oficiales del Ejército Oriental para enfrentarse a los españoles y a su ejército regular en una batalla convencional con tres cuartas partes de las fuerzas revolucionarias integradas por las bestias antes mencionadas. Hasta aquel día de mayo, el teniente no había utilizado jamás a su tropa para un enfrentamiento cara a cara, al descubierto, con el enemigo. Ello, pensó al conocer a sus subordinados, supondría el exterminio. Las primeras acciones del porteño en la Banda Oriental le ayudaron a comprender cómo combatir junto a aquellos hombres. La falta de disciplina no sería un problema, pensó Aosta, si el ataque era tan rápido, contundente y sorpresivo que el enemigo no tuviera tiempo para responder. Esta táctica respondía a lo que, según había leído, hacían los milicianos españoles contra el Ejército Imperial en la península. Así fue como comenzó la guerra de guerrillas en la Banda Oriental. Era imposible derrotar a los regulares españoles enfrentándoles de cara, así que Aosta hubo de buscar maneras alternativas de perjudicarles. La operación más frecuente era el asalto a sus rutas de suministros, normalmente protegidas por pocos efectivos. La maniobra no requería grandes elaboraciones tácticas, sino sólo mantenerse escondido, esperar al momento adecuado, y lanzarse violentamente sobre las sorprendidas víctimas. Los ataques a las caravanas españolas eran, además, doblemente atractivas para los gauchos, que veían en ellas una oportunidad perfecta para el saqueo: si los consideraban de valor, los bárbaros robaban hasta los botones de las chaquetas de los cadáveres.

Aosta comprendió pronto que era indispensable ganarse el respeto de los gauchos si pretendía tener algo de autoridad sobre ellos, una empresa complicada dado que los valores que normalmente sometían a los hombres con los que el joven solía tratar (la jerarquía militar, los estudios, la riqueza, los contactos influyentes) no sólo no impresionaban al gaucho, sino que muchas veces le inspiraban desprecio. Si había algo que el gaucho admirara en un hombre, eso era la valentía y el arrojo en combate sin muchas palabras. Las arengas grandilocuentes, se dio cuenta el teniente, mejor se quedaban en los relatos. Además de eso, también era apreciada la habilidad para dominar al caballo. Aosta fue lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que adiestrar al gaucho sería inútil, y que debía ser él quien habría de adaptarse a la situación que le había tocado. Otros jóvenes oficiales criollos no serían tan lúcidos como él y acabarían, después de despreciar abiertamente el salvajismo de los gauchos, con los riñones de cartuchera a la tercera noche de acampada y su partida desbandada en la campaña. Así fue que, sin esperar más oportunidades, el teniente  dirigió su caballo hacia sus milicianos cuando esperaban entre unos árboles para realizar su primera emboscada. En silencio, esperando junto a ellos el momento de atacar sin repetir las órdenes que ya había dado escuetamente durante la planificación, vieron todos acercarse el carro cargado de alimentos y suministros militares, escoltado por cinco jinetes de Blandengues. En cuanto el objetivo estuvo en el lugar adecuado, el teniente Aosta espoleó su caballo dándole un latigazo con las riendas y, sin mirar atrás, se lanzó como una flecha hacia los desprevenidos españoles esquivando árboles y cascotes, con la vista fija hacia adelante y el sable desenvainado y en alto. Inflando el pecho y apretando la mandíbula, Aosta cayó sobre la escolta revoleando el filo y batiéndose con dos Blandengues a la vez, confundidos estos al ver salir de entre los árboles una sombra soltando tajos en todas direcciones. Mientras tanto, oyó a su tropa galopar para enfrentarse al resto de enemigos, que no tardaron en ser derribados de sus caballos y apuñalados con saña entre gritos e inútiles peticiones de piedad. Tras estar compartiendo cortes y estocadas con sus dos adversarios durante un par de minutos, los gauchos consideraron que el señorito ya había demostrado que tenía huevos suficientes, así que, satisfechos con la bravura demostrada por Aosta, despacharon a los dos Blandengues enterrándoles los facones por la espalda y le dirigieron al oficial algunas respetuosas inclinaciones de cabeza en silencio. Tras aquel, y otros episodios de temeraria y exhibicionista estupidez, el argentino fue ganándose la confianza de sus hombres, quienes se sentían respetados por su superior (jamás lo tratarían como si lo fuera) y cómodos con su trato sin paternalismos ni prepotencias, motivo de ejecución entre los gauchos, por alguien de una casta elitista tendiente a ello.

De la mano de los gauchos, Aosta aprendió, puñalada a puñalada y degüello a degüello, que la guerra no era como los libros la describían. No era un combate entre caballeros, sino entre arrojados hijos de puta que daban puñaladas traperas a jóvenes a los que aún no les había crecido el bigote. No era entusiasmo por destacarse en la lucha, sino el miedo atroz que te retorcía el estómago minutos antes de cargar. No era el honor que detenía tu arma ante un adversario que se rendía, sino la ceguera homicida con la que se avanzaba hacia el enemigo y se le desmembraba a machetazos hasta que de él no quedara más que un festival de carne y tripas. No era escenario de muertes honorables y literarias, sino la mierda y la orina que manchaba los pantalones de un soldado al ver un palmo de acero atravesándole el pecho. No era, en definitiva, un motivo de orgullo y gloria. La guerra era un incómodo nerviosismo del que era imposible desprenderse y que no dejaba dormir, ni pensar, ni vivir. Era la angustia que oprimía el corazón al ver el tapiz de cuerpos abiertos en la tierra bañada con sangre. Era la intensa sensación de vacío melancólico que, mientras uno cabalgaba ante la inminencia del encuentro con la muerte una vez más, le hacía preguntarse si tanta muerte y tanto dolor estaban sirviendo de algo o todo el horror y el absurdo vivido acabaría siendo estéril, no más que un inútil e insignificante pie de foto en los libros de historia.

Todo eso se preguntaba Aosta mientras miraba analíticamente la disposición de las fuerzas españolas en la lejanía. Vio que tenían un par de baterías de artillería, rodeados los cañones de personal que parecía saber dispararlos. Los orientales sólo habían conseguido un par de cañones de una vieja nao portuguesa, en tan mal estado que no se sabía si al primer disparo mataría a los artilleros. El número de hombres era más o menos el mismo que el de los revolucionarios, pero mientras estos se agrupaban en cúmulos informes y desordenados, los europeos formaban cuadros de infantería más o menos simétricos. Erizados estos de mosquetes con bayonetas, los gauchos y criollos orientales afilaban los facones o comprobaban en silencio la resistencia de la cuerda de las boleadoras. Algo similar vio Aosta hacer a la caballería gaucha que ya había partido hacía quince minutos hacia su posición: ajustando la silla (los que la tuvieran) al vientre de los caballos y asegurándose de que el chiripá no sería obstáculo para desenvainar el filo o desmontar rápidamente. El plan de Artigas era bueno, pero arriesgado. También era simple, algo indispensable dado el material humano de que disponían. Algunos espías habían informado de que los efectivos españoles habían pasado la noche anterior emborrachándose en todas las pulperías de camino al campo de batalla, y que por alguna razón desconocida iban uniformados como infantería de marina. Quizá aquello facilitaría las cosas.

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