lunes, 10 de junio de 2013

Transcripción de participación radiofónica.

En los últimos tiempos la política se ha visto socialmente muy desacreditada. Los escándalos habituales de corrupción y la aparente incapacidad de los políticos para solucionar los problemas derivados de la crisis ha hecho que la población se vuelva apática y descreída respecto a todo lo relacionado con la política. Conviene recordar, no obstante, que más allá de congresistas corruptos o expresidentes que cobran sobresueldos, la política no es más que el estudio colectivo de una manera de convivir, de solucionar los problemas que surgen debido a la vida en sociedad.

A menos que uno se exilie y se vaya a vivir solo a una montaña de manera autosuficiente, como los ermitaños, estamos obligados a vivir en sociedad. Por tanto, la política, o sea, las decisiones que se toman relativas a la vida colectiva, nos afectan necesariamente porque nosotros formamos parte de ese colectivo, de esa sociedad. Ante la política caben dos posturas: interesarse por ella o ignorarla. A mí me parece, y me gustaría transmitir esta idea, que la elección más coherente e inteligente es la de involucrarse en la vida política, aunque sea por una razón muy simple y básica: quienes ostentan el poder se aprovechan de la ignorancia y la indiferencia de las masas para engañarlas y manipularlas según sus intereses. Un vistazo a cualquier libro de historia basta para comprobar que esa afirmación es una verdad como un templo: un pueblo educado es un pueblo que no se deja dominar.

Por eso me gustaría aprovechar este espacio que me han dado para hablar sobre política. Me gustaría enfocarlo, de manera humilde, claro está, como una especie de curso popular y sintético sobre conceptos básicos de política, como un acercamiento introductorio a las cuestiones que nos afectan a todos, dirigido a la ciudadanía. Empezaré hablando, pues, por un tema candente gracias a la acción de movimientos sociales: la democracia.

¿Qué es la democracia?

Como todo el mundo sabe, democracia quiere decir, etimológicamente, el gobierno del pueblo. Esto, que nos parece tan habitual y normal hoy en día, que el pueblo tiene derecho a gobernarse a sí mismo, es un fenómeno relativamente reciente. Durante la mayor parte de la historia (e incluso en la mayoría de los países del mundo en la actualidad), los pueblos no se han gobernado a sí mismos ni han gozado de derechos que a nosotros nos parecen fundamentales, sino que han estado dominados por lo que llamaremos tiranías oligárquicas.

Se les llama tiranías porque las decisiones que tomaban los encargados de gobernar no tenían en cuenta ni el bienestar ni la voluntad de la mayoría. Y se las adjetiva como oligarcas (de oligarquía, o sea, el gobierno de una minoría), porque quienes tenían el poder era una minoría, una élite, una pequeña fracción del conjunto humano gobernado. Un ejemplo de tiranía oligárquica eran las monarquías absolutas, esos estados en donde todo el poder recaía en un rey que no era votado por nadie, sino que ascendía a la pirámide de la jerarquía política por derecho de sangre, es decir, por ser hijo o pariente del rey anterior.

Esta situación de opresión era inestable, porque a la gente no suele gustarle la falta de libertad, así que hace 200 años aproximadamente, en 1789, los franceses dijeron basta y llevaron a cabo lo que luego los historiadores han llamado Revolución Francesa. La Revolución Francesa es un proceso muy complejo y muy interesante que quizá tratemos otro día, pero lo importante respecto a lo que estamos tratando ahora es que, tras ella, la tiranía oligárquica pretendió convertirse en una democracia.

¿Cómo se construye una democracia?

Ése fue el primer problema con el que se encontraron los revolucionarios. Hemos dicho antes que la política es la disciplina que estudia la resolución a los problemas colectivos. Ahora bien, los estados modernos tienen, en su mayoría, poblaciones del orden de millones de ciudadanos. ¿Cómo conseguir que millones de personas se pongan de acuerdo para solucionar sus problemas? Es un problema técnico de difícil solución, más en una época como aquella en la que los medios de comunicación eran muy primitivos. 

Para solucionar ese problema, los politólogos y filósofos de la Ilustración diseñaron lo que vino a llamarse democracia representativa, democracia liberal o democracia burguesa. Esto consiste en que, como millones de personas no pueden meterse en una habitación a debatir y ponerse de acuerdo, la población elige a un número reducido y asequible de representantes que, ahora sí, constituyendo un parlamento pueden elegir por votación, civilizadamente, las mejores soluciones a los problemas políticos.

Ahora bien, detengámonos a pensar en esto. Este sistema es una manera elegante y eficaz de conseguir que el pueblo pueda gobernarse a sí mismo. Como es imposible que cada persona dé su opinión para cada una de las muchas cuestiones políticas que deben tratarse, delegamos esa responsabilidad en unos representantes que se encargan de hacerlo por nosotros. Eso está muy bien, y las democracias representativas han funcionado de manera aceptable durante más de doscientos años en Occidente. No obstante, si analizamos el sistema, es fácil darse cuenta de una cosa: éste es legítimo (o sea, es racional y lógico) cuando los representantes actúan en función de los intereses de la gente que les vota, porque ése es el fundamento de su elección: los elegimos para que defiendan nuestros intereses. Cuando los parlamentarios dejan de responder a la voluntad de sus representados, entonces decimos, redundantemente, que ya no son representativos de la población y carecen de legitimidad.

Ahora, si llegamos a una situación en la que los representantes actúan por su cuenta y no hacen lo que se supone que deben hacer, es decir, REPRESENTAR nuestra voluntad, entonces volvemos a la situación predemocrática que mencionábamos antes, la de la tiranía oligárquica. Como decía antes, tiranía porque gobiernan según sus intereses y voluntad y no los nuestros, y oligárquicos, porque son una pequeña parte del conjunto de la población.

¿Por qué ocurre esto?

Esta situación de tiranía oligárquica de los representantes políticos es lo que está pasando en España y la mayor parte de los países europeos. ¿Por qué los representantes no hacen lo que les decimos? ¿Es porque son malos? La realidad es menos literaria: lo hacen por dinero. ¿El dinero de quién? Del pequeño sector de la población que tiene enormes cantidades de dinero y que, por ello, también tiene intereses contrarios a los nuestros, a los de la mayoría. A alguien que tiene millones en una cuenta del banco le interesa que se tomen decisiones políticas diferentes a las que le interesa al ciudadano normal que se gana la vida trabajando. Por ejemplo, al millonario le conviene que se desmantelen y se recorten los servicios públicos como la sanidad para que sean empresas privadas quienes se ocupen de ello y ellos puedan extraer el beneficio derivado de la operación, porque son dueños de esas empresas privadas. Al millonario le conviene que se haga una reforma laboral que facilita el despido de los trabajadores para tener que perder menos dinero indemnizando a los currantes que despide. Al millonario también le interesa distraer a la población de la explotación a la que está siendo sometida fomentando la estupidez y la ignorancia a través de los recortes en educación. Todo eso es muy bueno y conveniente para ellos. Para nosotros, supone no tener acceso a un médico, a la educación ni al trabajo. Es evidente, pues, que los intereses de esta clase adinerada son contrarios a los intereses de la clase mayoritaria, nosotros.

Esta clase adinerada pretende imponer sus intereses dirigiendo las decisiones que toma el estado, que debería guiarse por la voluntad de la mayoría y no por su voluntad interesada particular. ¿Cómo consiguen controlar la política? De muchas maneras. Una de ellas es a través de los famosos "mercados": si el estado no hace lo que ellos dicen (por ejemplo, hacer recortes en servicios públicos y privatizaciones que les dejen ganancian), amenazan con retirar su dinero del país. Otra forma es directamente sobornando a miembros de la casta política. Esto puede hacerse de manera directa, como cuando empresas constructoras le pagan sobresueldos a Jose María Aznar a través de los sobres de Bárcenas o de manera indirecta, como cuando premian la obediencia de presidentes como Felipe González regalándole un asiento en la directiva de Endesa. 

De todo esto (ya voy acabando) debe extraerse una conclusión importantísima y fundamental: el origen del problema no está en los políticos, que no son más que una casta decadente y corrupta que está bajo control, como si fueran marionetas, de la clase adinerada. El principio de todo esto está en la acción egoísta y contraria a los intereses de la mayoría de las grandes fortunas de este país que, aprovechándose de la influencia que les da su dinero, fuerzan el estado a caminar por sendas que nos perjudican a todos. No hay evidencia más clara de esto que los múltiples estudios que señalan una verdad desgarradora: durante estos años de crisis, los pobres nos hemos hecho más pobres, y los ricos, más ricos.

Para acabar, avanzo lo que quizá tratemos otro día, una posible solución a este enorme y complicado problema. Consta, en mi opinión, de dos pasos: por una parte, introducir mecanismos de democracia directa como el referéndum o las iniciativas legislativas populares para mantener controlados a los representantes y poder revertir las decisiones que tomen influidos por intereses contrarios a los de la nación. Y por otra parte, recuperar la soberanía sustraída por las grandes fortunas, legislando desde la constitución para garantizar la Justicia Social, es decir, que aquellos que tienen más no tengan más derechos que a los que nos ha tocado tener menos.

viernes, 1 de febrero de 2013

Una guillotina en Sol.

Animados por el filtrado de los papeles secretos de Bárcenas que han manchado de mierda a toda la cúpula del PP y del gobierno, la gran marea de la subnormalidad gratuita de Twitter ha tocado tierra destruyéndolo todo a su paso. Cientos de iluminados que no han leído un libro de historia en su puta vida, entusiasmados por el fervor revolucionario, vomitando soluciones mágicas para salvar España y el mundo que mezclan buenas intenciones, infantilismo y deficiencia mental en diferentes proporciones. Al final, uno acabará creyendo que en Internet uno puede opinar sin fundamento y sin tener que hacerse cargo de lo que dice.

De entre todos los monguis, mis favoritos son los WIKIGOBERNISTAS (lo pongo en mayúsculas para resaltar la trascendencia pretendida de su proyecto). Con empacho psicológico producido por vistas trasnochadas del vídeo del Partido X, estos adorables señores/as creen que es posible solucionar lo que se origina en un sistema económico corrupto y explotador juntando firmas en Change.org, llevando el hashtag #revolución a ser trending topic y rodeando Génova con pancartas para demostrar lo indignados que estamos. ¿Que las corruptelas del gobierno no son más que la cara visible de una crisis estructural del capitalismo, que se viene abajo? GOBIERNO DIMISIÓN. ¿Que la legitimidad del sistema democrático es nula debido a la hegemonía total de los poderes económicos? DEMOCRACIA REAL YA ("Y PUNTO", agregan desde el Partido X). ¿Que el paro, la actitud despótica de los bancos, el cierre de las pymes y la fuga de cerebros nos están hundiendo en la mierda? LA INEPTITUD DE PPSOE NOS HA LLEVADO A LA CRISIS. Esas respuestas superficiales, carentes de toda visión realmente crítica de lo que está ocurriendo, fomentadas por partidos oportunistas como UPyD y otros filofascistas, están secuestrando la revolución pendiente, y si no se hace nada para cambiarlo, nos volverán sodomizar una vez más (y ya van muchas en la historia de España).

Lo infame de este gran engaño es que debilita nuestra fuerza como colectivo. Y hace esto de dos maneras: por una parte, dirigiendo la rabia popular hacia quienes no son más que una manifestación de la podredumbre generalizada en las instituciones decadentes del estado. La corrupción de los partidos mayoritarios es algo repugnante y debe ser castigado, pero jamás constituirá el origen de lo que ahora estamos padeciendo, que no es más que la consecuencia necesaria de un sistema alienante que sobrevive a base del expolio de la clase trabajadora. El problema es sistémico, y los políticos no son más que la cara visible de los poderes fácticos plutocráticos, inmorales siervos del capital carentes de poder verdadero. España ha visto su soberanía nacional arrebatada por una casta de codiciosos hijos de puta a quienes les da igual que la mitad de los jóvenes no encuentren trabajo o que día a día estén desahuciando a ancianos estafados por los gerentes bancarios. Cambiar a los políticos sin cambiar la base del sistema no sirve absolutamente de nada.

Y luego, la otra terrible consecuencia del proceder de los inocentes WIKIGOBERNISTAS en Internet, es deslegitimar los únicos medios que realmente pueden traer la Revolución (o sea, los violentos), presentándolos como la idea de cuatro perturbados radicales, anacrónicos que no comprenden que los tiempos han cambiado y que los cócteles molotov y las guillotinas no ayudan. Para comprender que rechazar la violencia como medio legítimo para enfrentarse a la explotación es una muestra de ignorancia suprema, basta con repetir lo que ya he dicho: hay que leer Historia, esos libritos que explican lo que ha ocurrido en el pasado y en donde NINGUNA REVOLUCIÓN REAL HA OCURRIDO DE MANERA PACÍFICA. Y aunque ya se ha comentado otras veces, resumámoslo en una frase: nadie que disponga del poder para perpetuar una situación que le es satisfactoria va a cederlo a la masa que pretenda quitarle sus privilegios. Historia. Leed.

En mi opinión, aún no hemos llegado a la situación de miseria generalizada necesaria para que la Revolución estalle. Decían los miembros de un grupo mexicano de música, al pasear por la Gran Vía, que no entendían dónde estaba la crisis de la que habían oído, que allí las terrazas de los bares estaban llenas. Y tienen razón. Pero es tal la cantidad de gente que está siendo sistemáticamente puteada por el sistema, y es tan pronunciada la caída del poder adquisitivo, que en los próximos meses la pobreza (la pobreza real) se convertirá en un problema de primera importancia. Y entonces, espero por nuestro bien que no nos tiemble el pulso a la hora de ejecutar la Justicia Social, detrás de una barricada o pasando a cuchillo a los usurpadores si es necesario. Desconfía de quienes al mirar sus cadenas dicen "¡carcelero dimisión!".

viernes, 4 de enero de 2013

Manual del buen revolucionario.

No tengo experiencia en la organización de manifestaciones u otros eventos reivindicativos. Tampoco pertenezco a ningún partido político: no sólo no se me da bien tratar con otras personas, sino que además no he encontrado a ninguno que se adecúe lo suficiente a mis ideas como para someterme a su disciplina partidaria. Así que es posible que tenga bastantes similitudes con el lector medio de este artículo. Todo lo que escribo me parece lo suficientemente razonable como para estar cerca de lo factible. Si alguien que sepa más que yo me quiere dar lecciones de logística revolucionaria, bienvenido sea.

Aunque no soy experto en el pensamiento de izquierdas, porque tengo veinte años y aún me queda muchísimo por aprender, me parecen evidentes algunos aspectos de la actualidad que seguramente sean vistos de la misma manera por ti: que el rumbo actual del país nos está llevando por la vía rápida al desastre, que la única forma real de cambiar las cosas es a través de una revolución necesariamente violenta por la naturaleza de la lucha de clases y que los movimientos ciudadanos están desperdiciando un enorme potencial humano haciendo exhibiciones de retraso mental colectivo

Pasar del estado actual de las cosas a una guerra en la calle es una estupidez ingenua, algo imposible de conseguir. Así que me parece lógico suponer que la única manera de lograrlo es mediante una escalada de la tensión social a través de eventos que no requieran de una organización y de unos medios que, al menos yo, no veo al alcance de la mayoría. No sólo no hay medios de comunicación masivos favorables a la revolución sino que encima se encargan de desprestigiar todos los esfuerzos para conseguirla. Tampoco disponemos de la capacidad organizativa de un sindicato que mueva a las masas, porque estos ya no tienen intenciones revolucionarias y están secuestrados por cómplices de la oligarquía (¿a quién se le ocurrió que un sindicato debía estar subvencionado por el gobierno? En serio, ¿a quién?).

La experiencia muestra que una manifestación es algo relativamente sencillo de organizar, y es una herramienta muy útil si se usa correctamente: bien empleada, es la mejor demostración de fuerza que existe. No obstante, hasta ahora las manifestaciones no han servido para eso porque no se han colocado en el lugar adecuado para que la tensión se dispare, algo que sólo se consigue cuando los manifestantes entran en choque directo e llamativo con las fuerzas estatales. Al ocurrir esto es que la voluntad popular se enfrenta directamente con la voluntad de la clase dominante en el idioma universal de la Historia: las hostias.

¿Cuándo una manifestación es una demostración de fuerza?

Respuesta corta: cuando demuestra la voluntad de un importante sector de la sociedad de llevar la lucha a sus últimas consecuencias, más allá de las posibilidades de resistencia del estado.

Respuesta larga: ¿recordáis cuando un gorila le abrió la cabeza de un porrazo a un niño de trece años? ¿A que os dieron ganas de colgar un policía de cada farola? Así funciona la tensión social: cargada por episodios de violencia (física o de otros tipos) entre la clase dominante y la desposeída que quedan grabados en la mente colectiva según la primitiva ley del Talión: si ves que ha recibido uno de los que tú consideras “de los tuyos”, lo normal es que quieras devolverle el golpe “a ellos”. Construir la dialéctica del “nosotros y ellos” es vital para conseguir la cohesión ante el enemigo y fomentar la sensación de que formamos parte de un proyecto que nos envuelve, con sus objetivos a conseguir a través de la lucha colectiva, con todas sus derrotas y sus victorias que acabamos considerando como propias.

A lo mejor tú, en el momento de tener la línea policial a punto de cargar delante de ti, te vas corriendo a tu casa. Es la reacción normal, miles de hombres a lo largo de la historia han sobrevivido gracias al instinto de salir por patas. Pero de cada diez manifestantes escurridizos, uno se acordará del niño con la brecha en la frente y correrá a batirse contra cinco policías armados, sólo por la efímera satisfacción de colarle un puntapié a alguno de esos cabrones. Pero si en lugar de tener a diez manifestantes, tenemos a diez mil, entonces la cantidad de gente dispuesta a hacerle frente a la policía ya no es un perroflauta perturbado, sino un conglomerado de individuos que, en principio, constituye la evidencia de que a ciertas personas no les gusta el rumbo de las cosas, y lo que es más importante: al sentir que cuentan con el respaldo de la mayoría, más personas se animarán a plantarse frente a los azules. Y entonces es cuando la manifestación es una poderosa demostración de fuerza popular por lo que he comentado en la respuesta corta.

¿Pegarnos con la policía va a traer la Revolución Social?

No directamente. Son muchos, están bien equipados, infinitamente mejor entrenados que cualquiera de nosotros, tienen una organización y disciplina de la que carecemos y, encima, tienen medios prácticamente ilimitados. Pensar que puede vencerse al estado burgués a través de la simple fuerza bruta, es decir, a través de la victoria sobre sus fuerzas del orden (el brazo ejecutor de la opresión), es una locura.

Entonces, ¿para qué hacernos pegar?

Porque antes de que la población tenga que enfrentarse con el ejército, el poder capitulará. Los gobernantes saben que pueden reprimir a pequeñas fracciones rebeldes de la población. Pero en el momento en el que la cantidad de personas dispuestas a luchar contra el gobierno es tal que la única manera de contener la revolución es la exterminación física de millones de ciudadanos, entonces se rendirán (¡esperemos, jaja!). Así ha sido a lo largo de toda la historia, y así será en esta ocasión.

Ya nos han pegado bastante, mamá, ¿cuánto falta para la revolución?

Maticemos lo anteriormente dicho. No se trata simplemente de hacernos pegar, sino de hacernos pegar de manera organizada, con la intención de lograr un objetivo concreto que todos tengamos en mente a la hora de recibir los porrazos. Nadie se mete voluntariamente en un sitio en el que sabe que corre riesgos su integridad física si no es porque tiene la convicción de que hay una buena razón para ello. Ése es uno de los problemas del movimiento ciudadano actual: no hay objetivos concretos, sólo proclamas ambiguas como “¡democracia real ya!”. ¿Qué mierda es una democracia real? Pensemos en lo que queremos conseguir. Pongamos que el objetivo último es algo tan simple de conseguir como la revolución social (toma aire para decir lo que viene a continuación, porque es una frase larga): la toma del poder por parte de los trabajadores para provocar un cambio en las estructuras de estado que fuerce una remodelación de las relaciones de producción entre sus ciudadanos, de forma tal que prime el bienestar de la clase trabajadora, gran mayoría de la población.

Está chupado entonces, ¿no? 

NO. Eso último que he dicho es un buen objetivo, pero casi tan ambiguo para las masas como lo de la "democracia real ya". Así que hay que simplificar y priorizar: luchamos para tomar el poder y ejecutar las acciones políticas necesarias para traer la justicia social y la democracia, algo que sólo puede conseguirse combatiendo contra quienes intentan evitarlo. Pero eso se hace pasito a pasito. Si pretendemos que los trabajadores luchen por sus derechos, entonces tenemos que conseguir que salgan de casa. Ahí es cuando entra en movimiento la primera fase de toda lucha: la toma de conciencia de clase, la que hace que te des cuenta de que formas parte de un enorme contingente de pringaos igual de jodidos que tú, con un cabreo monumental encima y con la posibilidad de acabar con la explotación al alcance de la mano si se tiene voluntad y se trabaja en equipo.

¿Y eso cómo lo hacemos?

Encontrando un primer motivo que nos arremoline a todos en torno a un objetivo inmediato. En un artículo anterior, yo propuse la liberación de Alfon porque me parece un símbolo de unión ideal, algo en lo que todos coincidimos y que no exige más que ir y plantarse frente al sitio donde está apresado. Pero pueden ser otros objetivos. Rodear el congreso para impedir el fraude de la actividad parlamentaria es uno muy bueno. Sellar la Moncloa para hacer imposible la entrada y salida de personas también es una excelente maniobra. Hay muchas posibilidades que ya se encuentran en discusión, y todas tienen una característica común: son una afrenta real al estado, una que les jode bien porque son impotentes ante ella, no pueden obrar sin ponerse en evidencia. Y encima, nos ayuda a todos a ser más conscientes de nuestra propia fuerza colectiva, algo indispensable, como he dicho antes, para llegar a la Revolución Social.

¿Ya está?

Un último apunte: aprende a diferenciar lo que es útil para la causa de lo que no lo es. Reunir decenas de miles de personas en la Puerta del Sol no jode a nadie más que a los vendedores que tienen sus tiendas en los alrededores. Una concentración allí no puede durar de manera indefinida porque los asistentes no tienen la sensación de estar logrando nada (como de hecho ocurre), y encima las cadenas de televisión tendrán un motivo para sacar a los pequeños empresarios madrileños quejándose de que los perroflautas les hunden el negocio. Es una acción vacía, estéril, que acaba diluyéndose con el paso del tiempo sin consecuencias. Lo contrario ocurre con los ejemplos que antes he puesto: rodear el Congreso, la Moncloa o la prisión de Alfon será necesariamente percibido como una amenaza por parte del gobierno, porque basta una pequeña chispa para que estalle una oleada de violencia que les dará dolores de cabeza: las fuerzas del orden no defienden de la misma manera una calle anónima en donde nada está en juego que el Congreso, donde la entrada de manifestantes puede liar la de Dios. Los ciudadanos se animarán a asistir porque presentirán (con razón) que se encuentran cerca de la causa de su desgracia: el parlamento donde los empresarios tienen a sus verdugos o la cárcel donde retienen a uno de los nuestros.

Últimas impresiones.

La conformación de un gran colectivo de individuos dispuestos a enfrentarse al estado y destronar a los oligarcas a la fuerza tendrá consecuencias de gran calado y, hasta cierto punto, impredecibles. Una vez que el motor se ponga en marcha y la revolución sea una posibilidad real, la creación activa de conciencia de clase pasará a un segundo plano y deberemos discutir qué construiremos sobre las ruinas del sistema anterior. Será éste un punto crítico en el que la misma intervención que se necesita para luchar contra el estado, se deberá invertir en el debate. Sólo así se evitan las "revoluciones secuestradas", como ha demostrado la historia. Aún falta para eso.

Por ahora, lo prioritario es concienciar acerca de varias cosas: que no es una opción la vía pacífica hacia el cambio, que ya estamos siendo víctimas de la violencia burguesa sin que nosotros hagamos nada más que salir a cantar a la calle, que todos formamos parte de una verdadera nación (no el cuento de la banderita y el 12 de octubre) de ciudadanos oprimidos y con intereses comunes, y que sólo la lucha contra quienes nos mantienen alienados nos va a sacar del pozo: esta crisis económica no es coyuntural, no se va a acabar, no volveremos a la Jauja de los televisores de plasma y los chalets. Esto sólo va a ir a peor, porque el delicado equilibrio de poderes que contuvo nuestras reivindicaciones durante décadas se ha roto. Ahora no queda sino batirnos, que diría el Quevedo de Alatriste.

¡Salud y Justicia!

miércoles, 2 de enero de 2013

Diarios de un sudaca: aún no es el momento, pero todo llegará.

Llegué a España con 12 años, en 2004. Ante la triste perspectiva de futuro en una nación empobrecida y en crisis como el Uruguay de principios de década (los tiempos del corralito en Argentina, ¿recuerdan?), mis padres decidieron emigrar porque consideraron que era ésa mi única oportunidad de prosperar: recuerdo de manera vívida aterrarme viendo en el telediario cómo una horda de personas bien vestidas y con buen aspecto, tal que podrían ser mis padres, arrancaban los portones de un almacén de alimentos para saquear todo lo que encontraran. Tras el episodio, una viejita se acercaba al lugar de los hechos y se metía disimuladamente una lechuga maltrecha que había sobrevivido al expolio, tirada en medio del suelo. No había una alternativa allí: o ser pobre o dejar de serlo a la fuerza. Y muchos, tanto allí como aquí, somos de culo demasiado inquieto como para que nos la metan.

En un país en el que los precios son similares a los europeos pero los sueldos son, de promedio, de unos 150 euros al mes, para viajar a otro continente no basta con tener la voluntad de hacerlo. Si uno se ve obligado a elegir entre comer y pagar la luz, la posibilidad de comprar un billete de avión es harto lejana. Así que fue necesario venderlo todo para conseguirlo. Nada se salvó: casa, moto, muebles, ropa, vajilla, etc. En general, vendimos todo lo que no cupiera en las maletas. Un fin de semana me levanté de la cama y vi a medio barrio metido en mi casa revolviendo todas nuestras pertenencias para ver cómo podían hacer leña del árbol caído, comprando a precio de chatarra lo que para nosotros eran posesiones de toda una vida. Para que te hagas una mínima idea del sacrificio que nos supuso el proceso, imagina que siendo un niño te obligan a desprenderte de todo lo que quieres para embarcarte en un proyecto que ni siquiera comprendes: no sólo abandonar juguetes, sino también toda familia que no sean tus padres (incluidos abuelos que muchas veces hicieron de segundos padres y a los que no podrás ver morir) y amigos junto a los que has crecido. Eso fue lo que me pasó a mí, y probablemente a la mayoría de niños inmigrantes.

Septiembre de 2004. Tras meses de incertidumbre, siendo engañados por caseros que se aprovechaban de nuestra ignorancia, teniendo que ir de la sede de Cáritas a la de la Cruz Roja para que nos ayuden a tener comida, o compartiendo un piso infestado de cucarachas con un lituano maltratador y un boliviano alcohólico y mujeriego, las cosas parecieron encaminarse. Empecé a ir al instituto, vivíamos en un hogar decente y no faltaba la comida, porque mis padres encontraron trabajo. Cuando estábamos en Uruguay, mi madre fue elegida entre cientos de personas para desempeñar un cargo de administración de empresas. Empezó trabajando en una mutualista pequeña y acabó en una clínica enorme. Aquí, por supuesto, se vio obligada a limpiarle el culo a una vieja y a soportar los gritos de su marido senil. Jamás la vi quejarse delante de mí, aunque sabía que a solas lloraba de la angustia y la humillación de sentirse menospreciada, por pobre y por sudaca, a pesar de estar mucho mejor preparada que la mayoría de personas que la miraban por encima del hombro. Pero aún así, mis padres pensaron que había valido la pena: me encontraba en un país europeo y próspero, donde la posibilidad de estudiar y conseguir la estabilidad económica que ellos nunca habían tenido estaba al alcance de mis esfuerzos. Obtener la tan ansiada tranquilidad después de la pobreza que yo recordaba (recuerdo) desde que tenía memoria, parecía cada vez más cerca.

Hoy en día, mi madre cobra 300 euros por 6 horas diarias, en un trabajo con unas exigencias físicas que, junto a su hipertensión y la diabetes, le están quitando días de vida a cada jornada que se ve obligada trabajar. Ese dinero no le alcanza ni para la medicación que está obligada a consumir para vivir. Mi padre cobra el sueldo mínimo por trabajar como un esclavo, hastiado de los desprecios de un jefe que no tiene reparos en aprovecharse de alguien que se encuentra en una conocida situación desesperada, pero sin poder quejarse por miedo al desempleo. Si uno de los dos perdiera el trabajo, algo bastante probable dadas las circunstancias económicas, yo no podría continuar mis estudios: España se perdería un médico con vocación, porque para una familia desposeída pagar la carrera de medicina es una tarea imposible.

Hace una semana leí en Twitter comentarios de usuarios liberales. Esos que se hacen llamar anarcocapitalistas y que están a favor de los recortes en servicios estatales. Esos que dicen que la riqueza es consecuencia directa de la valía de un hombre para desempeñarse en la vida. Esos que dicen que las grandes masas de dinero de los millonarios no se obtienen con explotación, sino con sacrificio. Esos que dicen que quien es pobre es porque no tiene voluntad de trabajo. Esos que dicen que el estado del bienestar es insostenible, entre otras cosas, porque la clase trabajadora es un cúmulo de vagos que pretenden vivir de los demás sin dar un palo al agua. Para toda esa gente, tengo un mensaje expresado desde una calmada y casi objetiva convicción: sois una panda de inmundos hijos de puta y espero que cuando se nos acabe la paciencia y salgamos a la calle os saquemos de vuestras mansiones y os obliguemos a trabajar como no habéis trabajado en toda vuestra puta vida para que aprendáis lo que es el sacrificio verdadero y cómo es eso de "vivir de los demás" como supuestamente hacemos todos. Porque para esta gente, mis padres, que se parten el cuerpo para que no me falte casa ni comida, son unos vagos de mierda al fin y al cabo. Y si nos dejamos guiar por los hechos (recortes en servicios sociales, desmantelamiento de la sanidad pública que mantiene con vida a mi madre...), al parecer son tan vagos y han cometido un crimen tan espantoso que son merecedores de un castigo: la muerte.

Con este artículo no pretendo dar lástima. Mucha gente lo ha pasado (y lo está pasando) mucho peor que yo. Gente que ha tenido que cruzar el Mediterráneo en una cáscara de nuez o que han acabado siendo esclavizados por mafias. Niños que acabarán siendo delincuentes o algo peor porque han sido abandonados por la sociedad en su derecho de recibir una educación que los convierta en ciudadanos. Personas que ahora no tienen un ordenador y una conexión a Internet para hacer llegar su situación al mundo, sino que están viviendo a la intemperie sin saber si tendrán un plato de comida delante cuando llegue la noche. Lo que pretendo que entendáis es lo gracioso que nos resulta a algunos cuando algún portavoz supuestamente progresista hace un llamamiento a la "desobediencia civil", a la "resistencia pacífica" y al "ejercicio no violento de la protesta". Cuando líderes de opinión de la mal llamada izquierda, suben a la palestra a erigirse en representantes de la voluntad popular para arremeter contra la corrupción, como si ésa fuera la causa de nuestra pobreza. O contra los coches oficiales. O contra el estado de las autonomías y a favor del federalismo. O a liderar esa quimera que les encanta: "la refundación de la democracia", la consecución de una "democracia real" ("¡ya!", aclaran los angelitos). Y todo ello, enmarcado en fotos que luego subirán desde su iPad pagado al contado, a cuenta de sus militantes.

Déjenme decirles algo, señores de la izquierda: no tienen ustedes ni puta idea de lo que es ser pobre ni la causa de ello. No tienen ni idea de lo que es trabajar y trabajar para el beneficio de otros y no ver la luz al final del túnel jamás. Que te pidan sacrificios y apretar el cinturón para que lo obtenido de esto siempre caiga en los mismos bolsillos. Y si al principio creí que era una simple cuestión de ignorancia, ahora concibo la posibilidad de que sea, también, simple y pura malicia. Existe una verdad indiscutible que quizá sólo se nos revele a los que somos pobres: el producto de los esfuerzos de la clase trabajadora está siendo invertido en beneficios para los empresarios, no para los verdaderos creadores de riqueza. A partir de ahí, podemos empezar a discutir. Pero el próximo que prometa que si gobierna bajará los sueldos a los políticos, que extenderá unos meses más la prestación por desempleo, que eliminará las diputaciones provinciales o cualquier otra medida populista y demagógica más, se puede ir a tomar por el culo y, si tiene un mínimo de vergüenza, que se calle la boca y se afloje la corbata, que no está dejando que le llegue riego al cerebro.

Antes de toda sarta de medidas dulzonas pero inefectivas para solucionar el problema real, debemos preguntarnos cómo acabar con éste, cómo acabar con la explotación de la clase trabajadora en un sistema hecho a la medida de una pequeña minoría acomodada. Y esto, señores, que se llama lucha de clases (¿les suena un tal Marx?), encuentra solución en algo al alcance de cualquiera: los libros de historia. Una lectura (ni siquiera necesita ser muy concienzuda para comprenderlo, aunque si lo es, mejor) basta para darse cuenta de que las revoluciones nunca se han hecho quitando coches oficiales o diciendo "¡éstas son nuestras armas!" mientras la policía, cuerpo mercenario de la clase infame, parte cráneos a niños de trece años. Las revoluciones, por ser la toma del poder arrebatándoselo a una clase que se aferra a él como si fuera una garrapata, se hace a la fuerza. Y la revolución a la fuerza es salir a la calle. Pero no a competir para ver quién dibuja el cartelito más ingenioso o quién se hace más fotos pasadas por Instagram. No: salir a la calle a tomar el poder, a demostrar la incapacidad de la policía para contener la voluntad popular consciente de sí misma, a entrar a los edificios estatales y reclamar lo que es nuestro y nunca debió dejar de pertenecernos: la soberanía que tenemos como nación libre y trabajadora, arquitecta de su propio destino, fuerte como un colectivo pero respetuosa con los derechos del individuo.

La próxima vez que salgas a la calle a manifestarte, no te lo tomes como un juego si no quieres llevarte una sorpresa. Ahí fuera se está llevando a cabo una guerra social que por ahora se mantiene oculta(da). Sutil. Enmascarada por la pasividad de unos cuantos borregos. Pero cada vez somos más quiénes ya no toleramos la bota sobre nuestras cabezas. Quienes hemos dicho "¡basta!", pero sin indignación vacía y de panfleto, sino procedente de la lucidez que otorga la lectura de la historia y otros ejemplos de cultura. Y los que somos así, los pobres, los que somos parias de la tierra de verdad y no jugamos a serlo, sabemos que estamos librando una lucha. Y cuando la lucha estalle en serio, violenta, cruel y masiva como han sido todas las guerras, espero que no te pille en la calle, con el móvil en la mano y cara de gilipollas por no entender qué está pasando y preguntándote qué haces tú ahí en lugar de haberte quedado en casa. Con tu iPad.