lunes, 10 de junio de 2013

Transcripción de participación radiofónica.

En los últimos tiempos la política se ha visto socialmente muy desacreditada. Los escándalos habituales de corrupción y la aparente incapacidad de los políticos para solucionar los problemas derivados de la crisis ha hecho que la población se vuelva apática y descreída respecto a todo lo relacionado con la política. Conviene recordar, no obstante, que más allá de congresistas corruptos o expresidentes que cobran sobresueldos, la política no es más que el estudio colectivo de una manera de convivir, de solucionar los problemas que surgen debido a la vida en sociedad.

A menos que uno se exilie y se vaya a vivir solo a una montaña de manera autosuficiente, como los ermitaños, estamos obligados a vivir en sociedad. Por tanto, la política, o sea, las decisiones que se toman relativas a la vida colectiva, nos afectan necesariamente porque nosotros formamos parte de ese colectivo, de esa sociedad. Ante la política caben dos posturas: interesarse por ella o ignorarla. A mí me parece, y me gustaría transmitir esta idea, que la elección más coherente e inteligente es la de involucrarse en la vida política, aunque sea por una razón muy simple y básica: quienes ostentan el poder se aprovechan de la ignorancia y la indiferencia de las masas para engañarlas y manipularlas según sus intereses. Un vistazo a cualquier libro de historia basta para comprobar que esa afirmación es una verdad como un templo: un pueblo educado es un pueblo que no se deja dominar.

Por eso me gustaría aprovechar este espacio que me han dado para hablar sobre política. Me gustaría enfocarlo, de manera humilde, claro está, como una especie de curso popular y sintético sobre conceptos básicos de política, como un acercamiento introductorio a las cuestiones que nos afectan a todos, dirigido a la ciudadanía. Empezaré hablando, pues, por un tema candente gracias a la acción de movimientos sociales: la democracia.

¿Qué es la democracia?

Como todo el mundo sabe, democracia quiere decir, etimológicamente, el gobierno del pueblo. Esto, que nos parece tan habitual y normal hoy en día, que el pueblo tiene derecho a gobernarse a sí mismo, es un fenómeno relativamente reciente. Durante la mayor parte de la historia (e incluso en la mayoría de los países del mundo en la actualidad), los pueblos no se han gobernado a sí mismos ni han gozado de derechos que a nosotros nos parecen fundamentales, sino que han estado dominados por lo que llamaremos tiranías oligárquicas.

Se les llama tiranías porque las decisiones que tomaban los encargados de gobernar no tenían en cuenta ni el bienestar ni la voluntad de la mayoría. Y se las adjetiva como oligarcas (de oligarquía, o sea, el gobierno de una minoría), porque quienes tenían el poder era una minoría, una élite, una pequeña fracción del conjunto humano gobernado. Un ejemplo de tiranía oligárquica eran las monarquías absolutas, esos estados en donde todo el poder recaía en un rey que no era votado por nadie, sino que ascendía a la pirámide de la jerarquía política por derecho de sangre, es decir, por ser hijo o pariente del rey anterior.

Esta situación de opresión era inestable, porque a la gente no suele gustarle la falta de libertad, así que hace 200 años aproximadamente, en 1789, los franceses dijeron basta y llevaron a cabo lo que luego los historiadores han llamado Revolución Francesa. La Revolución Francesa es un proceso muy complejo y muy interesante que quizá tratemos otro día, pero lo importante respecto a lo que estamos tratando ahora es que, tras ella, la tiranía oligárquica pretendió convertirse en una democracia.

¿Cómo se construye una democracia?

Ése fue el primer problema con el que se encontraron los revolucionarios. Hemos dicho antes que la política es la disciplina que estudia la resolución a los problemas colectivos. Ahora bien, los estados modernos tienen, en su mayoría, poblaciones del orden de millones de ciudadanos. ¿Cómo conseguir que millones de personas se pongan de acuerdo para solucionar sus problemas? Es un problema técnico de difícil solución, más en una época como aquella en la que los medios de comunicación eran muy primitivos. 

Para solucionar ese problema, los politólogos y filósofos de la Ilustración diseñaron lo que vino a llamarse democracia representativa, democracia liberal o democracia burguesa. Esto consiste en que, como millones de personas no pueden meterse en una habitación a debatir y ponerse de acuerdo, la población elige a un número reducido y asequible de representantes que, ahora sí, constituyendo un parlamento pueden elegir por votación, civilizadamente, las mejores soluciones a los problemas políticos.

Ahora bien, detengámonos a pensar en esto. Este sistema es una manera elegante y eficaz de conseguir que el pueblo pueda gobernarse a sí mismo. Como es imposible que cada persona dé su opinión para cada una de las muchas cuestiones políticas que deben tratarse, delegamos esa responsabilidad en unos representantes que se encargan de hacerlo por nosotros. Eso está muy bien, y las democracias representativas han funcionado de manera aceptable durante más de doscientos años en Occidente. No obstante, si analizamos el sistema, es fácil darse cuenta de una cosa: éste es legítimo (o sea, es racional y lógico) cuando los representantes actúan en función de los intereses de la gente que les vota, porque ése es el fundamento de su elección: los elegimos para que defiendan nuestros intereses. Cuando los parlamentarios dejan de responder a la voluntad de sus representados, entonces decimos, redundantemente, que ya no son representativos de la población y carecen de legitimidad.

Ahora, si llegamos a una situación en la que los representantes actúan por su cuenta y no hacen lo que se supone que deben hacer, es decir, REPRESENTAR nuestra voluntad, entonces volvemos a la situación predemocrática que mencionábamos antes, la de la tiranía oligárquica. Como decía antes, tiranía porque gobiernan según sus intereses y voluntad y no los nuestros, y oligárquicos, porque son una pequeña parte del conjunto de la población.

¿Por qué ocurre esto?

Esta situación de tiranía oligárquica de los representantes políticos es lo que está pasando en España y la mayor parte de los países europeos. ¿Por qué los representantes no hacen lo que les decimos? ¿Es porque son malos? La realidad es menos literaria: lo hacen por dinero. ¿El dinero de quién? Del pequeño sector de la población que tiene enormes cantidades de dinero y que, por ello, también tiene intereses contrarios a los nuestros, a los de la mayoría. A alguien que tiene millones en una cuenta del banco le interesa que se tomen decisiones políticas diferentes a las que le interesa al ciudadano normal que se gana la vida trabajando. Por ejemplo, al millonario le conviene que se desmantelen y se recorten los servicios públicos como la sanidad para que sean empresas privadas quienes se ocupen de ello y ellos puedan extraer el beneficio derivado de la operación, porque son dueños de esas empresas privadas. Al millonario le conviene que se haga una reforma laboral que facilita el despido de los trabajadores para tener que perder menos dinero indemnizando a los currantes que despide. Al millonario también le interesa distraer a la población de la explotación a la que está siendo sometida fomentando la estupidez y la ignorancia a través de los recortes en educación. Todo eso es muy bueno y conveniente para ellos. Para nosotros, supone no tener acceso a un médico, a la educación ni al trabajo. Es evidente, pues, que los intereses de esta clase adinerada son contrarios a los intereses de la clase mayoritaria, nosotros.

Esta clase adinerada pretende imponer sus intereses dirigiendo las decisiones que toma el estado, que debería guiarse por la voluntad de la mayoría y no por su voluntad interesada particular. ¿Cómo consiguen controlar la política? De muchas maneras. Una de ellas es a través de los famosos "mercados": si el estado no hace lo que ellos dicen (por ejemplo, hacer recortes en servicios públicos y privatizaciones que les dejen ganancian), amenazan con retirar su dinero del país. Otra forma es directamente sobornando a miembros de la casta política. Esto puede hacerse de manera directa, como cuando empresas constructoras le pagan sobresueldos a Jose María Aznar a través de los sobres de Bárcenas o de manera indirecta, como cuando premian la obediencia de presidentes como Felipe González regalándole un asiento en la directiva de Endesa. 

De todo esto (ya voy acabando) debe extraerse una conclusión importantísima y fundamental: el origen del problema no está en los políticos, que no son más que una casta decadente y corrupta que está bajo control, como si fueran marionetas, de la clase adinerada. El principio de todo esto está en la acción egoísta y contraria a los intereses de la mayoría de las grandes fortunas de este país que, aprovechándose de la influencia que les da su dinero, fuerzan el estado a caminar por sendas que nos perjudican a todos. No hay evidencia más clara de esto que los múltiples estudios que señalan una verdad desgarradora: durante estos años de crisis, los pobres nos hemos hecho más pobres, y los ricos, más ricos.

Para acabar, avanzo lo que quizá tratemos otro día, una posible solución a este enorme y complicado problema. Consta, en mi opinión, de dos pasos: por una parte, introducir mecanismos de democracia directa como el referéndum o las iniciativas legislativas populares para mantener controlados a los representantes y poder revertir las decisiones que tomen influidos por intereses contrarios a los de la nación. Y por otra parte, recuperar la soberanía sustraída por las grandes fortunas, legislando desde la constitución para garantizar la Justicia Social, es decir, que aquellos que tienen más no tengan más derechos que a los que nos ha tocado tener menos.

2 comentarios:

  1. Me agrada volver a leerte, creí que te habías desencantado de los blogs o que te habían secuestrado (otra vez).

    Pienso que, si bien este es un artículo de opinión, ayudaría mucho conocer ejemplos concretos que respalden tus dichos, puede ser verdaderamente ilustrativo conocer cómo han afectado unos recortes parecidos a países similares a España. Ver los resultados de las políticas fomentadas por el FMI (el de la Troika) en latinoamérica hace 10 o 15 años ayudarán a comprender hacia donde se está llevando a este país.

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  2. Y... otra cosa: no entiendo el título.

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